Cuento corto de Paz Monserrat Revillo: Los tontos

 

Los tontos
Cuadro de Emilio Petorruti

Salen de la fábrica a la misma hora que acabamos en el instituto. En fila de a dos van hacia el microbús que espera en la plaza para devolverlos a sus casas.

Una procesión de personajes que me tienen fascinada. Avanzan desordenados, como si fueran a descarrilar, bajo la supervisión de sus monitores.

Algunos gimen, otros hablan solos, a menudo se hacen bromas indescifrables. Una parejita de niños envejecidos salen agarrados de la mano, mirándose embelesados, traviesos. Hay un chico, siempre en chándal, que cada cinco pasos se transforma en una estatua de sal durante unos segundos. También hay otro muy gracioso, con unas gafas enormes, que cuando pasamos a su lado hace como que tropieza y se cae al suelo. Enseguida lo reconducen a la fila y mis amigas y yo no sabemos cómo reaccionar, aunque luego siempre nos reímos.

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Cuento de Katherine Mansfield: En una pensión alemana

Katherine Mansfield

Ernesto Bustos Garrido nos recomienda este cuento de Katherine Mansfield. Antes de leerlo, te recomendamos la lectura de su artículo «Katherine Mansfield: fina y sólida como una cerámica del oriente«.

Cuento de Katherine Mansfield: En una pensión alemana

Alemanes comiendo.

Se sirvió una sopa de pan.

–Ah –dijo Herr Rat, echándose sobre la mesa para mirar dentro de la sopera–, esto es lo que necesito. Mi «magen» ha estado un poco descompuesto desde hace varios días. ¡Sopa de pan y en su punto! Yo mismo soy un buen cocinero –se volvió hacia mí.

–Qué interesante –dije, tratando de infundir a mi voz el entusiasmo adecuado.

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Cuento de Clarice Lispector: Ruido de pasos

Cuento, Clarice Lispector, Ruido de pasos
Clarice Lispector. Fuente de la imagen.

Cuento de Clarice Lispector: Ruido de pasos

Tenía ochenta y un años de edad. Se llamaba doña Cándida Raposa. Esa señora tenía el deseo irreprimible de vivir.

El deseo se sustentaba cuando iba a pasar los días a una hacienda: la altitud, lo verde de los árboles, la lluvia, todo eso la acicateaba.

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Cuento de Carmen Laforet: El regreso

Cuento, Carmen Laforet, El regreso
Carmen Laforet. Fuente de la imagen

Cuento de Carmen Laforet: El regreso

Era una mala idea, pensó Julián, mientras aplastaba la frente contra los cristales y sentía su frío húmedo refrescarle hasta los huesos, tan bien dibujados debajo de su piel transparente. Era una mala idea esta de mandarle a casa la Nochebuena. Y, además, mandarle a casa para siempre, ya completamente curado. Julián era un hombre largo, enfundado en un decente abrigo negro. Era un hombre rubio, con los ojos y los pómulos salientes, como destacando en su flacura. Sin embargo, ahora Julián tenía muy buen aspecto. Su mujer se hacía cruces sobre su buen aspecto cada vez que lo veía. Hubo tiempos en que Julián fue sólo un puñado de venas azules, piernas como larguísimos palillos y unas manos grandes y sarmentosas. Fue eso, dos años atrás, cuando lo ingresaron en aquella casa de la que, aunque parezca extraño, no tenía ganas de salir.  

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Cuento de Emilia Pardo Bazán: La novia fiel

Cuento, Emilia Pardo Bazán, La novia fiel
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Cuento de Emilia Pardo Bazán: La novia fiel

Fue sorpresa muy grande para todo Marineda el que se rompiesen las relaciones entre Germán Riaza y Amelia Sirvián. Ni la separación de un matrimonio da margen a tantos comentarios. La gente se había acostumbrado a creer que Germán y Amelia no podían menos de casarse. Nadie se explicó el suceso, ni siquiera el mismo novio. Solo el confesor de Amelia tuvo la clave del enigma.

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Cuento breve recomendado: «La felicidad clandestina», de Clarice Lispector

Clarice Lispector, cuento

Era un libro grueso, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.

Hasta el día siguiente, de la alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, nadaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.

Cuento breve recomendado: «La tristeza», de Rosario Barros Peña

El profe me ha dado una nota para mi madre. La he leído. Dice que necesita hablar con ella porque yo estoy mal. Se la he puesto en la mesilla, debajo del tazón lleno de leche que le dejé por la mañana. He metido en el microondas la tortilla congelada que compré en el supermercado y me he comido la mitad.