Un cuento de Jorge Ibargüengoitia: La mujer que no

Debo ser discreto. No quiero comprometerla. La llamaré… En el cajón de mi escritorio tengo todavía una foto suya, junto con las de otras gentes y un pañuelo sucio de maquillaje que le quité no sé a quién, o mejor dicho sí sé, pero no quiero decir, en uno de los momentos cumbres de mi vida pasional. La foto de que hablo es extraordinariamente buena para ser de pasaporte. Ella está mirando al frente con sus gran­des ojos almendrados, el pelo restirado hacia atrás, dejando a descubierto dos orejas enormes, tan cerca­nas al cráneo en su parte superior, que me hacen pensar que cuando era niña debió traerlas sujetas con tela adhesiva para que no se le hicieran de papalote; los pómulos salientes, la nariz pequeña con las fosas muy abiertas, y abajo… su boca maravillosa, grande y carnuda. En un tiempo la contemplación de esta foto me producía una ternura muy especial, que iba convirtiéndose en un calor interior y que terminaba en los movimientos de la carne propios del caso. La llamaré Aurora. No, Aurora no. Estela, tampoco. La llamaré ella.

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Un cuento de Italo Calvino: La aventura de un empleado

 

Una vez, Enrico Gnei, empleado, pasó una noche con una mujer guapísima. Al salir de la casa de la señora, temprano, el aire y los colores de la mañana primaveral se desplegaron ante él, frescos, tonificantes y nuevos, y le parecía que caminaba al son de una música.

Es preciso decir que Enrico Gnei debía aquella aventura sólo a un afortunado cúmulo de circunstancias: una fiesta de amigos, una disposición particular y pasajera de la señora —por lo demás mujer controlada y que no se abandonaba con facilidad—, una conversación en la que él se había sentido insólitamente cómodo, la ayuda —por una y otra parte— de una ligera exaltación alcohólica, fuese real o simulada, y también una combinación logística apenas forzada en el momento de la despedida: todo esto, y no la atracción personal de Gnei —o en todo caso sólo su apariencia discreta y un poco anónima que podía designarlo como compañero no comprometedor o llamativo—, había determinado la inesperada conclusión de la noche. De esto él tenía plena conciencia y, modesto por naturaleza, apreciaba aún más su buena suerte. Sabía sin embargo que lo ocurrido no se repetiría; y no lo lamentaba, porque una relación continuada comportaría problemas demasiado embarazosos para su tren de vida habitual. La perfección de la aventura residía en que había comenzado y terminado en el espacio de una noche. Aquella mañana, pues, Enrico Gnei era un hombre que había tenido lo mejor que se podía desear en el mundo.

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Cuento de Emilio Díaz Valcárcel: El regreso

Hoy os ofrecemos un cuento de Emilio Díaz Valcárcel, uno de los referentes de la actual literatura portorriqueña (o puertorriqueña; ambas formas están aceptadas por la RAE).

El cuento narra el regreso de un militar que, vestido de uniforme, se dirige a la vivienda de Catalina, aparentemente la mujer de sus sueños, con quien había mantenido relaciones (incompletas) antes de marcharse a la guerra.

El relato corto “El regreso” forma parte del libro El asedio, publicado en la editorial mexicana Arrecife en 1958. El libro fue merecedor del Premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña.

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Cuento de Jorge Ibargüengoitia: Manos muertas

Hoy damos un cuento de Jorge Ibargüengoitia. ¿Pero quién es este escritor de apellido impronunciable? Nacido en Guanajauto, México, en 1928, una ciudad de provincia que él definió como “casi un fantasma”. Escribió ensayos, cuentos, novelas, artículos de prensa, obras de teatro… Una de sus novelas, Los relámpagos de agosto, ganó en 1965 el Premio Casa de las Américas.

Tenía una prosa fluida y en ocasiones humorísticas (ese “humor contra los tontos solemnes“, como escribió Raúl Rivero), y le gustaba ridiculizar a algunos de sus personajes.

Falleció en Mejorada del Campo, Madrid, en 1983, en un accidente aéreo.

Si queréis saber más sobre él, os dejo una entrevista realizada a su mujer, la pintora mexicana Joy Laville.

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El hombre de nieve, una historia de Murakami

—Es que yo no lo sé —dijo el hombre de hielo con tono calmado, pero resuelto. Y exhaló una compacta y blanca nube de aliento—. Yo no tengo pasado. Yo conozco el pasado de todas las cosas. Conservo el pasado de todas las cosas. Pero en mí no hay pasado. No sé dónde he nacido. No conozco el rostro de mis padres. Ni siquiera sé si realmente los he tenido. Ni siquiera sé cuántos años tengo. Ni siquiera sé si, en verdad, tengo edad.

El hombre de hielo estaba solo como un iceberg en medio de las tinieblas.

Cuento de Haruki Murakami: El hombre de nieve

Me casé con un hombre de hielo.

Encontré al hombre de hielo en el hotel de unas pistas de esquí. Es posible que aquél fuera el lugar más indicado para conocerlo. En el vestíbulo de aquel bullicioso hotel, atestado de gente joven, el hombre de hielo estaba solo, leyendo tranquilamente un libro en el rincón más alejado de la estufa. Ya casi era mediodía, pero a mí me dio la impresión de que la límpida y fría luz de la mañana todavía seguía brillando sólo a su alrededor.

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Cuento de Haruki Murakami: Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril

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Los relatos de Haruki Murakami nadan entre la soledad y ansia de amor que destilan sus personajes enmarcados en situaciones oníricas, surrealistas, que hacen que sus historias sean tan atrayentes y su estilo tan personal.

En El hombre de hielo, fiel reflejo de su personalidad literaria, narrado en primera persona, la protagonista, cuyo nombre no es revelado, nos conduce a un extraño pasado donde el azar, conjurado humorísticamente por Haruki en un hotel para esquiadores, hizo que conociera a un hombre de hielo. El comienzo del relato no puede ser más categórico: “Me casé con un hombre de hielo”. Luego, todo el tiempo para destejer esta madeja helada hasta el irónico y lógico final.

Cuento de Haruki Murakami: Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril

Una bella mañana de abril, en una callecita lateral del elegante barrio de Harajuku en Tokio, me crucé con la chica 100% perfecta.

A decir verdad, no era tan guapa. No sobresalía de ninguna manera. Su ropa no era nada especial. En la nuca su cabello tenía las marcas de recién haber despertado. Tampoco era joven –debía andar alrededor de los treinta, ni si quiera cerca de lo que comúnmente se considera una “chica”. Aún así, a quince metros sé que ella es la chica 100% perfecta para mí. Desde el momento que la vi algo retumbó en mi pecho y mi boca quedó seca como un desierto. Quizá tú tienes tu propio tipo de chica favorita: digamos, las de tobillos delgados, o grandes ojos, o delicados dedos, o sin tener una buena razón te enloquecen las chicas que se toman su tiempo en terminar su merienda. Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto. A veces en un restaurante me descubro mirando a la chica de la mesa de al lado porque me gusta la forma de su nariz.

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