Relato corto de Soledad García Garrido: Salmones

Relato de Soledad García Garrido

He aprendido a nadar a contracorriente. Remonto, como un salmón, el curso del río cada día. Se lo digo a mi hija sin convencimiento. No le cuento que son aguas negras, turbias, como si el limo estancado escalara para dar dentelladas a su superficie y quisiera contaminar el río.

La buena cosecha. Un relato de Francisco Rodríguez Criado

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En aquella casa de campo y aledaños se respiraba una mezcla embriagadora de hierbas, tierra húmeda y la sutil dulzura de las aceitunas maduras. Aunque entonces no le diera importancia, yo era una privilegiada por poder escuchar a diario el lejano sonido de los cencerros de las cabras y el canto de los pájaros. La naturaleza, en armónica sinfonía, se encargaba de edulcorarnos cada jornada.

¿Por qué no le dijiste la verdad? | Relato telefónico de Francisco Rodríguez Criado

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Sin apenas preámbulos, sin preguntarme siquiera qué tal estaba, anunció que quería divorciarse de mí. Enmudecí. “¿Estás ahí?”, quiso saber al otro lado de la línea. “Sí, aquí estoy”, le dije. Y ella, en un tono sereno pero rotundo, sin alzar la voz pero sin hacer la menor concesión, afirmó que después de pensarlo mucho había decidido que era inútil continuar con lo nuestro. Me seguía queriendo “a su manera”, pero pensaba que separar nuestras vidas iba a ser lo mejor. ¿Lo mejor para quién?, me pregunté.

Cuento de Miguel Bravo Vadillo: La receta

Cuento teólogico, Miguel Bravo Vadillo

Pascal, por su parte, apostó por la vida ascética y ganó un cáncer de estómago. ¡Qué me va a enseñar este a mí! «Olvido del mundo y de todo, excepto de Dios», cantaba en puro éxtasis místico. Como diría el legendario Homero, murió a causa de sus propias locuras. ¡Y es que hay innúmeras formas de comerse las vacas del Sol, hijo de Hiperión!

Una mujer espera | Relato de Miguel Bravo Vadillo

Una mujer espera, relato largo, Miguel Bravo Vadillo

Desde la cafetería Moby Dick, donde trabajo como camarero, puedo ver la parada de autobuses urbanos situada al otro lado de la calle. Sentada en el banco de la parada hay una mujer con las piernas extendidas que, cabizbaja, parece mirar sus propios pies. No sabría precisar cuánto tiempo lleva allí aquella mujer, pero, desde que me fijé en ella, he visto pasar al menos cinco autobuses, y sé de buena tinta que en esa parada no coinciden más de tres líneas diferentes.