Dos historias cortas de Francisco Tario

Hoy os traigo dos historias cortas de un autor más bien oculto que os pueden gustar .

Francisco Tario fue un escritor mexicano (1911-1977) no demasiado conocido, y eso ha fomentado en parte que se asocie su figura –creo que de manera artificial– a la marginalidad con la excusa de que no formó parte de ningún grupo literario ni se apoyó en ninguna corriente. Cultivó géneros como el cuento, la novela y el teatro, y se le compara con Juan Rulfo, un escritor clave en la narrativa breve del siglo XX que, pese a su fama, quizá por su carácter retraído, no buscó los focos. Un reportaje sobre Francisco Tario publicado en ABC retrata a Tario como un hombre atractivo, casado con una mujer muy hermosa, con cierto espíritu y aspecto dandi, y con muchas aficiones: el deporte, los toros, el fútbol, el piano, la vida en la naturaleza… Y fue amigo de Octavio Paz y Carlos Fuentes. (Todo lo cual casa mal con esa imagen de marginal que se pretende dar de él. Yo diría que fue un escritor inadvertido, y nada más, alguien que tenía cosas más interesantes que hacer que perder el tiempo en tertulias literarias, jeje).

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Cuento breve recomendado: “Velocidad de los jardines”, de Eloy Tizón

Eloy Tizón

“Todo aquel que no se pliegue dócilmente a los dictados del mercado debe ser consciente de que no va a tenerlo fácil; ha escogido un camino en rampa, áspero, lleno de dificultad y con muchos escollos. Necesitará una buena dosis de sentido del humor junto a una gran capacidad de resistencia para superar los mil inconvenientes y mantener viva la llama a lo largo de años y años. Su auditorio será reducido y apenas ganará dinero con ello. Las satisfacciones —que también las hay, y nada desdeñables— provendrán de otro lado, del placer generado por el propio trabajo, del aprecio de unos pocos contemporáneos y una minoría de lectores exigentes. Con franqueza, no creo que el escritor literario llegue a extinguirse del todo; ni siquiera los regímenes totalitarios más atroces, fascistas o comunistas, lo han conseguido. Por muy poderoso que sea, ningún mercado impedirá que un loco se encierre, a solas en su cuarto, pese a quien pese, para producir belleza y emoción; y que otro loco, más tarde, lea esas páginas. De hecho, estoy seguro de que en este mismo instante, en algún lugar del planeta, esto ya está sucediendo.”

“Escribir, para mí, es tener ganas de escribir. Ganas de que haya algo donde antes no había nada. Ganas de llenar un hueco. De cubrir un vacío. De salvar del olvido algo, algo pequeño, irrelevante, de poco peso, como el color del cielo una tarde, el traje arrugado de Pablo o las mechas en la melena de Mónica. Cualquier cosa”.

“Me importa mucho la voz, las voces. De hecho, no termino de arrancar y le doy muchas vueltas al material hasta que no estoy bien seguro de saber cómo habla el narrador, qué entonación emplea, de qué giros se sirve, cuál es su música. Es casi lo único que necesito para ponerme en marcha. Cuando consigo sintonizar con nitidez la voz —las voces—, el resto me preocupa poco, no necesito saber el argumento ni tener planificado nada; me lanzo sin más. Confío ciegamente en la voz. Estoy de acuerdo con Borges cuando afirma que «saber cómo habla un personaje es saber quién es, que descubrir una entonación, una voz, una sintaxis particular, es haber descubierto un destino.”. 

Eloy Tizón

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Cuento breve recomendado: “Un puñal, una bala, una flecha”, de David Solana González

 

Cuento breve

Me llamo David Solana González, nací el 1 de septiembre de 1994. Actualmente estudio la carrera de Sociología, pero antes cursé dos años de Biología. Mis aficiones no difieren mucho de las de la media de mi edad. Me gusta invertir tiempo en mis amistades y salir de fiesta. Paso más tiempo del que debería delante del ordenador. Disfruto leyendo casi cualquier cosa, pero la ciencia ficción me gusta especialmente. Casi siempre que escribo lo hago en un estado de profunda melancolía y a modo de desahogo, haciendo referencia a algún momento de mi vida. Aspiro a poder ir teniendo momentos de inspiración con otros estados de ánimo, para poder escribir más a menudo. A largo plazo me gustaría poder escribir mi propio libro, ya sea una novela o una recopilación de relatos cortos, pero eso es algo que aún veo muy distante.

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Cuento corto de Paz Monserrat Revillo: Los tontos

 

Los tontos
Cuadro de Emilio Petorruti

Salen de la fábrica a la misma hora que acabamos en el instituto. En fila de a dos van hacia el microbús que espera en la plaza para devolverlos a sus casas.

Una procesión de personajes que me tienen fascinada. Avanzan desordenados, como si fueran a descarrilar, bajo la supervisión de sus monitores.

Algunos gimen, otros hablan solos, a menudo se hacen bromas indescifrables. Una parejita de niños envejecidos salen agarrados de la mano, mirándose embelesados, traviesos. Hay un chico, siempre en chándal, que cada cinco pasos se transforma en una estatua de sal durante unos segundos. También hay otro muy gracioso, con unas gafas enormes, que cuando pasamos a su lado hace como que tropieza y se cae al suelo. Enseguida lo reconducen a la fila y mis amigas y yo no sabemos cómo reaccionar, aunque luego siempre nos reímos.

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Cuento corto de Juan Ramón Santos: Biblioteca

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El siguiente cuento, “Biblioteca”, incluido en Palabras menores (De la Luna Libros, 2011), lleva la firma de uno de los mejores escritores extremeños, Juan Ramón Santos, actual presidente de la Asociación de Escritores Extremeños (AEEX). Su último libro es el poemario Aire de familia (La isla de Siltolá, 2016).

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Microrrelato de Emilio Gavilanes: Sobre el abismo del mar

Siendo ya un anciano, Turgueniev recordó que de joven hizo una vez la travesía de Hamburgo a Inglaterra en un mercante en el que era el único pasajero, si exceptuamos una hembra de mono que un comerciante hamburgués le enviaba a su corresponsal en Londres. La mona iba encadenada y se pasaba el tiempo forcejeando con la cadena y gimiendo. Cuando el joven Turgueniev pasaba delante de ella, la pobre extendía hacia él su manita. Turgueniev se la tomaba y el animal dejaba de quejarse y se tranquilizaba.

Cuento de Emilio Gavilanes: Carta a los Reyes

Cuando ella murió, yo tenía quince años. Me llevaron a vivir con unos tíos míos que vivían en Madrid y a los que no había visto nunca. Tenían tres hijos. Dos hijos y una hija. Nunca me llevé bien con ellos. O más bien al revés: nunca se llevaron bien conmigo. Bueno, no se llevaban ni bien ni mal con nadie. Ni siquiera entre ellos. Apenas se hablaban. Y cuando lo hacían se mostraban muy educados. Como si fuesen extraños. La casa siempre estaba en silencio. No se oía música. Nadie cantaba. Nadie reía. Nadie lloraba. Nadie gritaba. Parecía que estaban en una casa extraña. Yo tenía la impresión de que había ocurrido algo terrible y nadie me lo decía.

Cuento de Emilio Gavilanes: Carta a los Reyes

Yo no conocí a mis padres. Murieron cuando tenía dos años, en un accidente. Me crio mi abuela, que vivía con ellos. Cuando digo “mi abuela” me refiero a mi abuela materna. A los otros abuelos tampoco los conocí.

No supe el tipo de educación que me estaba dando hasta que murió y salí de aquella casa y me relacioné con otra gente, pues hasta entonces yo casi únicamente hablaba con ella. Mientras vivió, nunca salí solo a la calle. No fui al colegio. Ella me enseñó a leer y a hacer cuentas. Yo no sentía necesidad de amigos. Cuando la acompañaba a la compra, o a un recado, a cualquier sitio de la calle, muchas personas me decían cosas y me saludaban, pero todo era tan breve que no tenía tiempo de darme cuenta de que no eran iguales que ella.

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Cuento de Ana María Matute: Paraíso inhabitado

Cuento de Ana María Matute
Ana María Matute. 

Cuento de Ana María Matute: Paraíso inhabitado

Nací cuando mis padres ya no se querían. Cristina, mi hermana mayor, era por entonces una jovencita displicente, cuya sola mirada me hacía culpable de alguna misteriosa ofensa hacia su persona, que nunca conseguí descifrar. En cuanto a mis hermanos Jerónimo y Fabián, gemelos y llenos de acné, no me hacían el menor caso. De modo que los primeros años de mi vida fueron bastante solitarios.

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Cuento breve recomendado: “Plaza de España”, de Arturo Barea

Existe en Madrid una plaza de España y en la plaza un monumento a don Quijote. Don Quijote sobre Rocinante y Sancho sobre Rucio, se encuentran delante de un obelisco que remata la bola del mundo. Don Quijote y Sancho dan cara a la Casa de Campo; al paseo de San Vicente por cuya cuesta un día de noviembre de 1936 subieron los moros y los tanques alemanes. No remataron la cuesta y tuvieron que retroceder hasta la Casa de Campo, donde hoy está el frente.