Cuento breve recomendado: “Velocidad de los jardines”, de Eloy Tizón

Eloy Tizón

“Todo aquel que no se pliegue dócilmente a los dictados del mercado debe ser consciente de que no va a tenerlo fácil; ha escogido un camino en rampa, áspero, lleno de dificultad y con muchos escollos. Necesitará una buena dosis de sentido del humor junto a una gran capacidad de resistencia para superar los mil inconvenientes y mantener viva la llama a lo largo de años y años. Su auditorio será reducido y apenas ganará dinero con ello. Las satisfacciones —que también las hay, y nada desdeñables— provendrán de otro lado, del placer generado por el propio trabajo, del aprecio de unos pocos contemporáneos y una minoría de lectores exigentes. Con franqueza, no creo que el escritor literario llegue a extinguirse del todo; ni siquiera los regímenes totalitarios más atroces, fascistas o comunistas, lo han conseguido. Por muy poderoso que sea, ningún mercado impedirá que un loco se encierre, a solas en su cuarto, pese a quien pese, para producir belleza y emoción; y que otro loco, más tarde, lea esas páginas. De hecho, estoy seguro de que en este mismo instante, en algún lugar del planeta, esto ya está sucediendo.”

“Escribir, para mí, es tener ganas de escribir. Ganas de que haya algo donde antes no había nada. Ganas de llenar un hueco. De cubrir un vacío. De salvar del olvido algo, algo pequeño, irrelevante, de poco peso, como el color del cielo una tarde, el traje arrugado de Pablo o las mechas en la melena de Mónica. Cualquier cosa”.

“Me importa mucho la voz, las voces. De hecho, no termino de arrancar y le doy muchas vueltas al material hasta que no estoy bien seguro de saber cómo habla el narrador, qué entonación emplea, de qué giros se sirve, cuál es su música. Es casi lo único que necesito para ponerme en marcha. Cuando consigo sintonizar con nitidez la voz —las voces—, el resto me preocupa poco, no necesito saber el argumento ni tener planificado nada; me lanzo sin más. Confío ciegamente en la voz. Estoy de acuerdo con Borges cuando afirma que «saber cómo habla un personaje es saber quién es, que descubrir una entonación, una voz, una sintaxis particular, es haber descubierto un destino.”. 

Eloy Tizón

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Cuento de Francisco Rodríguez Criado: Primera novela

Tras escribir FIN no lo dudé dos veces: imprimí la novela, la introduje en un sobre y me marché a la oficina de correos para enviarla a Xorpescu, una editorial del norte que presta dedicación especial a los escritores noveles. “¿Urgente?” “No, correo ordinario”, respondí. Al fin y al cabo, no había que esperar demasiada fortuna de aquel envío. Volví rápidamente a casa para reanudar actividades metafísicas que últimamente tenía abandonadas (fregar los platos, planchar la ropa, cambiar las sábanas…); justo en el momento de abrir la puerta sonó el teléfono. Una voz varonil y campanuda al otro lado de la línea me preguntó si yo era Francisco Rodríguez. Contesté afirmativamente. Querían tratar el tema de mi novela.

Cuento breve recomendado: “Un puñal, una bala, una flecha”, de David Solana González

 

Cuento breve

Me llamo David Solana González, nací el 1 de septiembre de 1994. Actualmente estudio la carrera de Sociología, pero antes cursé dos años de Biología. Mis aficiones no difieren mucho de las de la media de mi edad. Me gusta invertir tiempo en mis amistades y salir de fiesta. Paso más tiempo del que debería delante del ordenador. Disfruto leyendo casi cualquier cosa, pero la ciencia ficción me gusta especialmente. Casi siempre que escribo lo hago en un estado de profunda melancolía y a modo de desahogo, haciendo referencia a algún momento de mi vida. Aspiro a poder ir teniendo momentos de inspiración con otros estados de ánimo, para poder escribir más a menudo. A largo plazo me gustaría poder escribir mi propio libro, ya sea una novela o una recopilación de relatos cortos, pero eso es algo que aún veo muy distante.

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Cuento corto de Paz Monserrat Revillo: Los tontos

 

Los tontos
Cuadro de Emilio Petorruti

Salen de la fábrica a la misma hora que acabamos en el instituto. En fila de a dos van hacia el microbús que espera en la plaza para devolverlos a sus casas.

Una procesión de personajes que me tienen fascinada. Avanzan desordenados, como si fueran a descarrilar, bajo la supervisión de sus monitores.

Algunos gimen, otros hablan solos, a menudo se hacen bromas indescifrables. Una parejita de niños envejecidos salen agarrados de la mano, mirándose embelesados, traviesos. Hay un chico, siempre en chándal, que cada cinco pasos se transforma en una estatua de sal durante unos segundos. También hay otro muy gracioso, con unas gafas enormes, que cuando pasamos a su lado hace como que tropieza y se cae al suelo. Enseguida lo reconducen a la fila y mis amigas y yo no sabemos cómo reaccionar, aunque luego siempre nos reímos.

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Cuento corto de Juan Ramón Santos: Biblioteca

biblioteca

El siguiente cuento, “Biblioteca”, incluido en Palabras menores (De la Luna Libros, 2011), lleva la firma de uno de los mejores escritores extremeños, Juan Ramón Santos, actual presidente de la Asociación de Escritores Extremeños (AEEX). Su último libro es el poemario Aire de familia (La isla de Siltolá, 2016).

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Microrrelato de Francisco Rodríguez Criado: El castigo divino

Tuvo que admitir los hechos en su justa medida: no había dormido un solo minuto en los últimos siglos y era de suponer que Hipnos, dios del sueño, hijo de la noche y hermano gemelo de la muerte, no iba nunca a levantarle el castigo. Empujado por su debilidad humana, se postró ante Zeus y suplicó por

Microrrelato de Emilio Gavilanes: Sobre el abismo del mar

Siendo ya un anciano, Turgueniev recordó que de joven hizo una vez la travesía de Hamburgo a Inglaterra en un mercante en el que era el único pasajero, si exceptuamos una hembra de mono que un comerciante hamburgués le enviaba a su corresponsal en Londres. La mona iba encadenada y se pasaba el tiempo forcejeando con la cadena y gimiendo. Cuando el joven Turgueniev pasaba delante de ella, la pobre extendía hacia él su manita. Turgueniev se la tomaba y el animal dejaba de quejarse y se tranquilizaba.

Cuento de Emilio Gavilanes: Carta a los Reyes

Cuando ella murió, yo tenía quince años. Me llevaron a vivir con unos tíos míos que vivían en Madrid y a los que no había visto nunca. Tenían tres hijos. Dos hijos y una hija. Nunca me llevé bien con ellos. O más bien al revés: nunca se llevaron bien conmigo. Bueno, no se llevaban ni bien ni mal con nadie. Ni siquiera entre ellos. Apenas se hablaban. Y cuando lo hacían se mostraban muy educados. Como si fuesen extraños. La casa siempre estaba en silencio. No se oía música. Nadie cantaba. Nadie reía. Nadie lloraba. Nadie gritaba. Parecía que estaban en una casa extraña. Yo tenía la impresión de que había ocurrido algo terrible y nadie me lo decía.

Cuento de Emilio Gavilanes: Carta a los Reyes

Yo no conocí a mis padres. Murieron cuando tenía dos años, en un accidente. Me crio mi abuela, que vivía con ellos. Cuando digo “mi abuela” me refiero a mi abuela materna. A los otros abuelos tampoco los conocí.

No supe el tipo de educación que me estaba dando hasta que murió y salí de aquella casa y me relacioné con otra gente, pues hasta entonces yo casi únicamente hablaba con ella. Mientras vivió, nunca salí solo a la calle. No fui al colegio. Ella me enseñó a leer y a hacer cuentas. Yo no sentía necesidad de amigos. Cuando la acompañaba a la compra, o a un recado, a cualquier sitio de la calle, muchas personas me decían cosas y me saludaban, pero todo era tan breve que no tenía tiempo de darme cuenta de que no eran iguales que ella.

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Cuento de Francisco Rodríguez Criado: El vino hace milagros

 

Relato corto de Francisco Rodríguez Criado: El vino hace milagros

No merece la pena entrar en detalles para explicarles por qué este servidor, licenciado en ingeniería como el número dos de su promoción, se encuentra en una situación económica tan precaria. Y digo que no merece la pena explicarlo porque mi mujer lleva siglos contando a unos y otros, con pelos y señales, ese asuntillo que me llevó a la ruina. Para qué darle más vueltas, entonces…

Lo que importa es que ayer tuve que hacer una visita a mi padre, a quien no había dirigido la palabra en los últimos diez años. No crean que fue una decisión fácil: mi mujer necesita rumiar detenidamente todo pensamiento que cruza por su mente; por eso, desde que se le ocurrió la idea de que yo pidiese ayuda a mi padre hasta que me echó a la calle de un puntapié pasaron al menos cinco minutos.

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