Cuento breve recomendado: “Epitafio de un boxeador”, de Ignacio Aldecoa

Pasaban las nubes de tormenta con su gorgojo tronador dentro; pasaban sobre el cementerio, agrio y cuaresmal de luz morada. Altos cipreses, hemiciclos mortuorios, taxis en la avenida, un fulgor diamantino en los lejos del sudoeste, urdimbres de coronas pudriéndose, colgado como trapos viejos de las ventanas de los muertos y de las cruces de los panteones.
Los acompañantes formaban un grupo friolero contemplando el trabajo de los enterradores. Eran pocos y se hablaban en voz baja.

Cuento breve recomendado (158): “[Amor, eternidad]”, de Luis de Castresana

Luis de Castrena (1925-1986). Fuente de la imagen
“No quiero nada, no ambiciono
nada (sólo un poco de paz). Camino
sin rumbo fijo. Voy
no sé adónde. Pongo
mi vida
en manos del destino.
Lo que haya de ser
será…”
L. de C.

[AMOR, ETERNIDAD]

(cuento)

Luis de Castresana (España, 1925-1986)

Estaban apoyados en la barandilla mirando la ría. Una ligera neblina se enredaba en lo alto de las grúas, que se alzaban como extraños árboles metálicos en la otra orilla. Se habían encendido unas luces en el barco anclado juntoa los muelles de Iribitarte.
Sonaba, en alguna parte, un acordeón. Hacía frío.

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Cuento breve recomendado: “Amor a tres bandas”, de Luciano G. Egido

 

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Luciano G. Egido. Fuente de la imagen
“Mi niñez fue la nieve. Siempre nevaba sobre Salamanca y el frío acartonaba las orejas, ablandaba la nariz y trepanaba las rodillas, hasta el tuétano del hueso. El primer recuerdo que asentó mi memoria era una ciudad blanca, ensabanada y helada, traspasada por un viento gélido que enloquecía las veletas de las espadañas de las muchas iglesias, de las torres y palacios que erizaban el horizonte urbano y trastornaban mi cabeza. Mi madre me arropaba con amor y con mantas y coberteras, junto a un brasero débil que apenas llegaba a calentar las pantorrillas, insuficiente para vencer el aire congelado que se metía por las rendijas traicioneras de las ventanas y las puertas mal ajustadas. Los tejados destilaban los carámbanos, como cuchillos afilados, que agredían el paisaje de árboles sumisos y tejados unánimes, bajo la blancura de la nieve inmaculada. Siempre nevaba sobre nuestra pobreza de pan duro y leña escasa, administrada con usura por mi madre, que, para dormirme y hacerme olvidar el frío inhumano de la cama, me contaba la historia de mi abuelo, como si fuera un héroe de antiguas leyendas, invencible, alto como la catedral, fuerte como un tronco de caballos y loco como el Tormes, cuando se salía de madre. Era al mismo tiempo un príncipe dorado, un ogro hirsuto y un caballero andante, incansable y generoso, imprevisible y audaz”.
Luciano G. Egido, La piel del tiempo

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Cuento breve recomendado: “El fondo del alma”, de Emilia Pardo Bazán

"Escritora", "Emilia Pardo Bazán"
Escritora española Emilia Pardo Bazán. Fuente de la imagen

“El gran número de cuentos -más de medio millar- y su calidad literaria colocan a doña Emilia Pardo Bazán en un lugar preeminente en la literatura española del siglo XIX. La mayor parte fueron publicados en la prensa periódica de su tiempo, sobre todo en El Liberal, El Heraldo, El Imparcial o Blanco y Negro. Algunos aparecieron, además, en publicaciones extranjeras, francesas, inglesas, alemanas, argentinas y cubanas.

Sus cuentos suelen ser breves, con un interés bien graduado, donde se han limitado voluntariamente el espacio, el tiempo, las descripciones o las digresiones para alcanzar una intensa concentración de ingredientes. Numerosas veces el final, inesperado, se expresa cargado de dramatismo o, incluso, sólo se sugiere pero manteniéndose idéntica fuerza. Otras, aparecen sucesos posteriores o comentarios que aminoran el efectismo del desenlace. En muchas ocasiones, la autora recurre a fuentes previas, orales o escritas. Es el viejo recurso de la utilización de pretextos, transmitidos por boca de otros, para dar veracidad al relato. Se plasman las conversaciones del narrador con otros interlocutores, uno o varios, acerca de un asunto concreto sobre el que se relata una historia que es el cuerpo del cuento; pero, también, una confidencia puede serlo o un hecho del que alguien ha sido testigo.

La creación cuentística de la escritora coruñesa fue recogida por ella misma en diferentes colecciones. Los grupos suelen ser temáticos, pero no siempre. Con bastante frecuencia se sigue el criterio cronológico de seleccionarlos por la proximidad de la fecha en que fueron publicados en la prensa. Resulta, no obstante, enormemente dificultoso, por el elevado número y por la notable variedad, clasificarlos debidamente. Por el contenido puede intentarse una primera aproximación, pero con dudoso éxito, pues quedan fuera demasiados cuentos. Tal vez, el conjunto más coherente sea el que refleja la vida gallega, tanto el mundo rural como el urbano. El primero, en sus diversos aspectos -el clero, el campesinado, los hidalgos de los pazos, el caciquismo, la emigración…-, se aborda en diferentes series, como Un destripador de antaño (1900), Del terruño, integrada en El fondo del alma (1907), y Cuentos de la tierra (1922). Es la Galicia profunda de Los pazos de Ulloa, cruel, bárbara e ignorante, la que inspira estas narraciones, más naturalistas que las novelas así consideradas tradicionalmente. La realidad urbana de A Coruña, en sus distintos ambientes sociales, es la que se observa en los Cuentos de Marineda (1892)”.

Ermitas Penas Varela

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Entrevista a Carlos Castán

Entrevista, Carlos Castán
Escritor Carlos Cástan. (Imagen cedida por el autor)

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Carlos Castán

Novela La mala luz (Destino, 2013)

Carlos Castán es uno de los grandes referentes del cuento español contemporáneo. Es autor del celebrado Frío de vivir, traducido a varios idiomas, Museo de la soledad (2000) y Sólo de lo perdido (2008). En 2010 ganó el premio Vargas Llosa NH de Relatos. Polvo en el neón (2013) acoge un texto suyo, ambientado en la mítica Ruta 66, con fotografías de Dominique Leyva.

Charlamos con Carlos Castán con motivo de la publicación de La mala luz, su primera novela, recientemente publicada en la editorial Destino.

Francisco Rodríguez Criado: Después de su dedicación al género del cuento, elogiada por críticos y lectores, publica ahora su primera novela: La mala luz. En España un cuentista sin novela parece motivo de sospecha, pues muchos lectores, editores y críticos creen –aunque no lo digan abiertamente, o incluso aunque lo nieguen– que el relato es un género menor, un mero trámite hasta que llegue el momento de encarar la escritura de una novela. ¿Considera que escribir novelas es un paso inevitable en la carrera de un narrador?

C. C.:  No considero que sea inevitable. Uno debe saber qué es lo que quiere escribir y qué no aun medio de todas esas presiones a las que te refieres y que efectivamente existen. Ahí tenemos los consabidos casos de Borges y de Carver, aunque procedan de países en los que el cuento ha tenido una consideración mucho más alta que la que goza aquí. En la literatura española, quizá Medardo Fraile sea uno de los escasos ejemplos de eso mismo, aunque desde luego no el único. Todos los que nos hemos dedicado al relato corto hemos tenido que responder mil veces a la pregunta de “¿para cuándo el salto a la novela?” que venía a querer decir algo así como “¿cuándo va a madurar usted de una vez por todas como narrador y va a escribir un libro de verdad, como Dios manda?”.  Hay muchas explicaciones distintas y encontradas de por qué en nuestro país público lector, editoriales y crítica han venido menospreciando desde hace años todo un género literario como es el del relato, pero lo cierto es que así continúa siendo por el momento a pesar de algunos síntomas –editoriales y hasta librerías especializadas- que permiten presagiar un cambio de rumbo.

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Cuento breve recomendado: “La tristeza”, de Rosario Barros Peña

El profe me ha dado una nota para mi madre. La he leído. Dice que necesita hablar con ella porque yo estoy mal. Se la he puesto en la mesilla, debajo del tazón lleno de leche que le dejé por la mañana. He metido en el microondas la tortilla congelada que compré en el supermercado y me he comido la mitad.

El microrrelato, el cuarto género narrativo

Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo.
Edición de Irene Andres-Suárez

El microrrelato, el cuarto género narrativo

Hace un par de años, la ensayista Irene Andres-Suárez, gran estudiosa del microrrelato, me pidió permiso para publicar algunos textos míos en una antología que vería la luz en la editorial Cátedra. Gracias a otros blogs me enteré, días atrás, de que el libro en cuestión, Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo, ya estaba en la calle. Y ha sido esta misma mañana cuando esta joya literaria ha llegado a mis manos.

Es todo un honor para mí participar en dicha antología con tres microrrelatos: “Luis Alberto”, “La web de Marina” y “La verdad sobre La Metamorfosis“. Es un honor por la demostrada calidad y seriedad con la que Andres-Suárez encara todos sus ensayos, y por la suerte de poder acompañar a los mejores autores del género.

Para que el lector puede hacerse una idea de que efectivamente están los mejores autores -ya sabéis: no están todos los que son, pero son todos los que están- y no se trata de un mero ejercicio de autobombo por mi parte, me he tomado la molestia de citarlos uno a uno (espero que alguien me recompense con una botella de mosto tinto bien frío con la que combatir estas calores). Cito siguiendo el orden de publicación en la obra, que incluye, como no podría ser de otra manera, un extenso estudio de Andres-Suárez.

Antología del microrrelato español (1906-2011). El cuarto género narrativo.

Edición de Irene Andres-Suárez

Cátedra, Letras Hispánicas, 2012.

Autores (por orden de aparición): Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, José Moreno Villa, José Bergamín, Federico García Lorca, Luis Buñuel, Pío Baroja, Tomás Borrás, Ana María Matute, Max Aub, José Antonio Muñoz Rojas, Esteban Padrós de Palacios, Ignacio Aldecoa, José María Sánchez Silva, Alfonso Sastre, González Suárez, Fernando Quiñones, Fernando Arrabal, Antonio Fernández Molina, Álvaro Cunqueiro, Francisco Ayala, Arturo del Hoyo, Antonio Beneyto, Alberto Escudero, Javier Tomeo, Agustín Cerezales, Gustavo Martín Garzo, Juan Eduardo Zúñiga, Pedro Ugarte, Luis Mateo Díez, José Jiménez Lozano, Rafael Pérez Estrada, Julia Otxoa, Ángel Guache, Juan Gracia Armendáriz, Carmela Greciet, José María de Quinto, Hipólito G. Navarro, Juan José Millás, Pablo Antoñana, José María Merino, Alberto Tugues, Luciano G. Egido, Espido Freire, Francisco Rodríguez Criado, Fermín López Costero, Medardo Fraile, Ramón Gil Novales, César Gavela, Andrés Neuman, Carmen Camacho, Óscar Esquivias, Juan Pedro Aparicio, Manuel Moya Escobar, Ángel Olgoso, Miguel Ángel Zapata, David Roas, José Alberto García Avilés, Andrés Ibáñez, Miguel Ángel Hernández-Navarro, Carlos Castán, Manuel Moyano, Federico Fuertes Guzmán, Lara Moreno, Felipe Benítez Reyes, Antonio Reyes Ruiz, Ginés S. Cutillas, Raúl Sánchez Quiles, Antonio Serrano Cueto, Rubén Abella, Carlos Almira, Cristina Grandes y Manuel Espada.

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Cuento breve recomendado: “Redacción”, de Quim Monzó

Quim Monzó, cuento
Quim Monzó. Fuente de la imagen

 

Como ha dicho Ana Mª Pérez Cañamares, Quim Monzó es un creador en el sentido más estricto de la palabra, porque, para él, el lenguaje es un material maleable con el que, sin ninguna solemnidad, juega, explora y provoca. Como un hábil maestro de las capas profundas de la lengua y de los más escondidos estratos significativos, también juega con el lector, que, a veces, se encuentra leyendo con una leve sonrisa de connivencia sin darse cuenta de que lo que tiene entre sus manos -como sucede con “redacción-, es una bomba de relojería que explota en el último momento, cuando al fin tiene conciencia del desajuste entre la realidad narrada y el lenguaje narrativo.

El profesor ha puesto como tarea a sus alumnos una redacción que responda al título “Qué hice el domingo”. En ese marco textual y comunicativo, perfectamente reconocible, el receptor del texto habría de ser únicamente el maestro que ha pedido a sus alumnos este deber escolar para realizarlo en casa y entregarlo el lunes al llegar a clase. Y, sin embargo, el lector del cuento de Monzó es quien se convierte en narratario accidental de un texto aparentemente ingenuo, escrito por el autor catalán como un divertimento de imitación de la manera de contar simple y totalmente inocente propia de un escolar. Pero, poco a poco, al darse cuenta de la carga de profundidad subyacente, el desprevenido lector traspasa la situación comunicativa inicial y elabora su propia interpretación. En definitiva, todo el cuento contrapone la visión que el niño tiene de la realidad y la del lector adulto que va entendiendo los sucesos narrados de manera muy distinta a como lo hace el inocente narrador de la redacción.

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Cuento de Juan Jacinto Muñoz Rengel: El pescador de esponjas

EL PESCADOR DE ESPONJAS

Entró en la cantina, buscó con la mirada, evitando los cuerpos de los feligreses que se desparramaban sobre las mesas, se acercó al capitán y le dijo:

—Soy un pescador de esponjas.

El capitán rio de buena gana.

—¡Todo el mundo en Kalymnos es pescador de esponjas! —Al reír descubrió la doble hilera de dientes podridos, y las encías ulceradas, enmarcadas en una barba gris. Luego la sonrisa volvió a sumirse en las comisuras de una boca torcida, y se bebió el vaso de un trago, como para cauterizar las llagas que lo mortificaban—. A ver, muchacho, ¿de cuántas expediciones has vuelto ya con vida?

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