Cuento escondido de Julian Barnes

Cuento de Julian Barnes

Graham decidió, aunque sin demasiado optimismo, pensar en lo que Jack (un amigo) le había dicho. Siempre había considerado que Jack tenía más experiencia que él. ¿Era así? Los dos se habían casado dos veces, los dos habían leído parecida cantidad de libros, los dos tenían parecida inteligencia. Entonces, ¿por qué le reconocía a Jack esa autoridad?

Cuento corto de Cees Nooteboom: Góndolas

cuento corto de Cees Nooteboom

“Nooteboom escribe con maestría y maneja con experticia estos “insumos” que forman el andamiaje de su libro. Se muestra como un escritor con gran oficio y sensibilidad, y sabe sobrevivir sutilmente a esa línea siempre delicada y letal para muchos escritores que va desde la inventiva de la ficción, hasta sus experiencias personales”.

Cees Nooteboom, el escritor viajero que aguarda el Nobel

Ernestos Bustos Garrido

Valgan estas líneas como una aproximación a un libro del escritor holandés Cees Nooteboom (La Haya Holanda 1933), candidato en los últimos años, junto a Haruki Murakami, al premio Nobel de Literatura. Sus grandes méritos como narrador, periodista, poeta y ensayista lo han encumbrado a las cimas de la literatura. La obra en cuestión lleva el sugerente título de Los zorros vienen de noche, y es un producto reciente (Siruela 2001). Son ocho relatos donde Nooteboom ha instalado su impronta. Ha construido un mundo que se comunica a través un cordón umbilical que relaciona las historias a través de temas como la muerte, el pasado lejano, el olvido total o parcial, los frustrados reencuentros, la memoria quebradiza, y todo eso que a veces resulta tan viscoso e inquietante, a fuerza de repetirse, y que es la memoria.

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Cuento de Machado de Assis: Un hombre célebre

Cuento de Machado de Assis

Joaquim M. Machado de Assis (Río de Janeiro, 1839-1908) es quizá el más brasileño de todos los escritores de habla portuguesa. De seguir vivo, tendría una edad difícil de alcanzar, salvo esos personajes bíblicos que vivieron doscientos y hasta trescientos años, pero se vería fresco y se le sentiría jovial. Si hoy estuviera vivo su estilo continuaría vigente. Era mulato, hijo de un pintor de brocha gorda de piel morena, descendiente de esclavos libertos y una lavandera blanca que había venido al Brasil desde las islas Azores.

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Cuento infantil de José Saramago: La flor más grande del mundo

Cuento infantil de José Saramago

Con la táctica de la queja por no saber escribir un cuento para niños, José Saramago acaba escribiendo este cuento infantil: “La flor más grande del mundoLa flor más grande del mundo”, que narra la historia de un niño que se encuentra con una flor marchita a la que intenta salvar.

A partir de ese cuento fallido (falsamente fallido, mejor dicho), Diego Mallo y Juan Pablo Etcheverry han realizado un corto de animación que lleva la música de Emilio Aragón, y que podéis ver al final.

José Saramago es autor de grandes libros como Ensayo sobre la ceguera, El Evangelio según Jesucristo, La caverna, Ensayo sobre la lucidez… En 1988 le concedieron el Premio Nobel de Literatura. El grueso de su obra no es infantil, sino para adultos.

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Cuento largo de José Saramago: El cuento de la isla desconocida

El cuento de la isla desconocida

Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo, Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquélla era la de las peticiones. Como el rey se pasaba todo el tiempo sentado ante la puerta de los obsequios (entiéndase, los obsequios que le entregaban a él), cada vez que oía que alguien llamaba a la puerta de las peticiones se hacía el desentendido, y sólo cuando el continuo repiquetear de la aldaba de bronce subía a un tono, más que notorio, escandaloso, impidiendo el sosiego de los vecinos (las personas comenzaban a murmurar, Qué rey tenemos, que no atiende), daba orden al primer secretario para que fuera a ver lo que quería el impetinente, que no había manera de que se callara. Entonces, el primer secretario llamaba al segundo secretario, éste llamaba al tercero, que mandaba al primer ayudante, que a su vez mandaba al segundo, y así hasta llegar a la mujer de la limpieza que, no teniendo en quién mandar, entreabría la puerta de las peticiones y preguntaba por el resquicio, Y tú qué quieres. El suplicante decía a lo que venía, o sea, pedía lo que tenía que pedir, después se instalaba en un canto de la puerta, a la espera de que el requerimiento hiciese, de uno en uno, el camino contrario, hasta llegar al rey. Ocupado como siempre estaba con los obsequios, el rey demoraba la respuesta, y ya no era pequeña señal de atención al bienestar y felicidad del pueblo cuando pedía un informe fundamentado por escrito al primer secretario que, excusado será decirlo, pasaba el encargo al segundo secretario, éste al tercero, sucesivamente, hasta llegar otra vez a la mujer de la limpieza, que opinaba sí o no de acuerdo con el humor con que se hubiera levantado.

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Historia corta de Stig Dagerman: Los juegos de la noche

Hoy damos un cuento del escritor sueco Stig Dagerman, “el anarquista melancólico“. Dagerman tuvo una vida corta: se suicidó en 1954, cuando solo tenía 31 años.

La Sociedad Stig Dagerman entrega todos los años un premio literario, que ya han recibido escritores como J.M.G. Le Clézio o Eduardo Galeano entre otros muchos.

En la introducción al famoso cuento de Stig Dagerman, Matar a un niño, Miguel Díez R. dijo que

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Cuento corto de Saki: Los lobos de Cernogratz

Saki es el seudónimo del escritor de origen escocés Hector Hugh Munro (18 de diciembre de 1870 -14 de noviembre de 1916). Empleó este alias por nostalgia o quizás afectación. Ambas actitudes las llevaba en su personalidad y las dejó patentes en sus cuentos y relatos. Nació en el puerto de Akyab en la antigua Birmania. Su padre, con raíces en Escocia, era el inspector general de la policía birmana. A los dos años el pequeño Hugh quedó huérfano. Su madre, Mary Frances Mercer, murió en 1872, corneada por una vaca. Este incidente lo marca e influirá posteriormente en su escritura.

Al quedar huérfano, solo y en país extranjero, el padre decide enviarlo a Londres y lo coloca bajo el cuidado de dos tías solteronas e insoportables. Las mujeronas lo maltrataban y porfiaban por inculcarle los modos de la época y además la cuestión religiosa. Esos años en Piltin, Devonshare, son para olvidar.

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Cuento de Robert Louis Stevenson: Janet la torcida

Emilio Gavilanes, fábulas
Robert Louis Stevenson.

 

Cuento de Robert Louis. Stevenson: Janet la torcida

El reverendo Murdoch Soulis fue durante mucho tiempo pastor de la parroquia del páramo de Balweary, en el valle de Dule. Anciano severo y de rostro sombrío para sus feligreses, vivió durante los últimos años de su vida sin familia ni criado ni compañía humana alguna, en la modesta y solitaria casa parroquial situada bajo el Hanging Shazv, un pequeño bosque de sauces. A pesar de lo férreo de sus facciones, sus ojos eran salvajes, asustadizos e inciertos. Y cuando en una amonestación privada se explayaba largamente sobre el futuro del impenitente, parecía que su visión atravesara las tormentas del tiempo hasta los terrores de la eternidad. Muchos jóvenes que venían a prepararse para la ceremonia de la Primera Comunión quedaban terriblemente afectados por sus palabras. Tenía un sermón sobre los versículos 1 y 8 de Pedro, «El diablo como un león rugiente», para el domingo después de cada diecisiete de agosto, y solía superarse sobre aquel texto, tanto por la naturaleza espantosa del tema como por el terror que infundía su comportamiento en el púlpito. Los niños estaban aterrorizados hasta el punto de sufrir ataques de histeria, y la gente mayor parecía más misteriosa de lo normal y repetía durante todo el día aquellas insinuaciones de las que Hamlet se lamentaba.

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Cuento de Karel Čapek: Como en los viejos tiempos

Cuento, Karel Čapek, Como en los viejos tiempos
Fuente de la imagen.

Cuento de Karel Čapek: Como en los viejos tiempos

A casa de Eupator, cestero y ciudadano de Tebas, que sentado en el patio tejía sus cestos, se dirigía su vecino Filágoros, el cual le gritó ya desde lejos: —¡Eupator, Eupator! Deja tus cestos y escúchame, porque ocurren cosas terribles. —¿Dónde hay fuego? —preguntó Eupator, e hizo un movimiento como si quisiera levantarse. —Esto es peor que si hubiera fuego —dijo Filágoros—. ¿Sabes qué ha ocurrido? Quieren acusar a nuestro estratega Nicomas. Algunos dicen que es culpable de un complot tramado con los de Tesalia y otros aseguran que se le acusa de ciertas relaciones con el Partido de los Descontentos. ¡Ven en seguida! ¡Vamos a la Plaza! — ¿Y qué voy a hacer allí? —preguntó Eupator indeciso. —Es terriblemente importante — habló Filágoros—. La Plaza está llena de oradores; unos aseguran que es inocente, mientras los otros dicen que es culpable. ¡Ven a oírlos! —Espera —dijo Eupator—, en cuanto acabe este cesto que tengo empezado. Y dime: ¿de qué es culpable, en realidad, ese Nicomas? —Eso es, precisamente, lo que no se sabe —refirió el vecino—. Se dice esto y lo otro, pero las autoridades callan, porque parece ser que todavía no se ha terminado de hacer las investigaciones. Mas en la Plaza hay un alboroto… Tenías que verlo. Algunos gritan que Nicomas es inocente… —¡Espera un momento! ¿Cómo pueden gritar que es inocente, si no saben claramente de qué se le acusa? —Eso no importa. Cada uno ha oído algo y habla sobre lo que sabe. Todos tenemos derecho a hablar de lo que oímos ¿no es eso? Yo creo que Nicomas nos quería traicionar con los de Tesalia; uno de allí lo decía, y contaba que un conocido suyo había visto no sé qué carta. Pero otro hombre decía que es un complot contra Nicomas y que él sabe muchas cosas… Se dice que hasta está complicado en el asunto el gobierno de la localidad. ¿Me oyes, Eupator? Ahora la cuestión es… —Espera —le interrumpió el cestero—. Ahora la cuestión es: ¿Son nuestras leyes, que nos hemos dado nosotros mismos, buenas o malas? ¿Ha hablado alguien sobre esto en la Plaza? —No; pero ahora no se trata de eso, sino de Nicomas. —¿Y dice alguien en la Plaza, si los funcionarios que están investigando el asunto de Nicomas, son justos o injustos? —No; de eso no ha hablado nadie. —Entonces, ¿de qué se ha hablado? —¡Si ya te lo he dicho! Sobre si Nicomas es culpable o inocente. —Oye, Filágoros, si tu mujer discutiera con el carnicero sobre si le había dado o no una buena libra de carne, ¿qué harías? —Le daría la razón a mi mujer. —¡No lo creas! Verías si el carnicero usa buenas pesas. —Eso lo sé sin necesidad que me lo digas, hombre… —¿Lo ves? Y después mirarías si estaba la balanza en orden. —Tampoco eso necesitabas decírmelo… —Me alegro mucho. Y si las pesas y la balanza estuvieran en orden, verías lo que pesaba el pedazo de carne y en seguida te darías cuenta de si tenía razón tu mujer o el carnicero. Es extraordinario, Filágoros, que la gente sea más lista cuando se trata de un pedazo de carne, que tratándose de asuntos públicos. ¿Es culpable o inocente Nicomas? Eso se verá en la balanza si ésta está en orden. Pero si se quiere pesar bien, no se debe soplar en los platillos de la balanza para que se inclinen a uno u otro lado. ¿Por qué afirmáis que los funcionarios que han de juzgar el caso de Nicomas son tramposos o qué sé yo qué? —¡Eso no lo ha dicho nadie, Eupator!

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