Los mejores cuentos literarios de la Historia: «Semos malos», de Salarrué

Cuento de Sarratué
Bandoleros. Fuente de la imagen
Miguel A. Zapata, autor de autor de los libros de cuentos Ternuras interrumpidas; fabulario casi naif (2003) y Esquina inferior del cuadro (Menoscuarto, 2011), y de los libros de microrrelatos Baúl de prodigios (2007) y Revelaciones y magias (2009), nos recomienda el cuento «Semos malos», de Salarrué, porque

«Ningún buen amante del género breve debe dejar de leer un cuento como Semos malos, incluido en “Cuentos de barro”, del escritor salvadoreño Salvador Salazar Arrué (“Salarrué”), una auténtica maravilla sobre la dignidad de los desposeídos, compuesto con una finura y un aliento poético insuperables».

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Cuento breve recomendado: «Cleopatra», de Mario Benedetti

El hecho de ser la única mujer entre seis hermanos me había mantenido siempre en un casillero especial de la familia. Mis hermanos me tenían (todavía me tienen) afecto, pero se ponían bastante pesados cuando me hacían bromas sobre la insularidad de mi condición femenina. Entre ellos se intercambiaban chistes, de los que por lo común yo era destinataria, pero pronto se arrepentían, especialmente cuando yo me echaba a llorar, impotente, y me acariciaban o me besaban o me decían: Pero, Mercedes, ¿nunca aprenderás a no tomarnos en serio?

Cuento corto de Roberto Fontanarrosa: Viejo con árbol

cuento de fútbol

Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos.

Cuento breve recomendado: «La puerta cerrada», de Edmundo Paz Soldán

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María mató a papá porque él jamás respetó la puerta cerrada. Él ingresaba al cuarto de ella cuando mamá iba al mercado por la mañana, o a veces, en las tardes, cuando mamá iba a visitar a unas amigas, o, en las noches, después de asegurarse de que mamá estaba profundamente dormida. Desde mi cuarto, yo los oía. Oía que ella le decía que la puerta de su cuarto estaba cerrada para él, que le pesaría si él continuaba sin respetar esa decisión..Así sucedió lo que sucedió. María, poco a poco, se fue armando de valor, hasta que, un día, el cuchillo para destazar cerdos se convirtió en la única opción.

Cuento breve recomendado: «La muerte tiene permiso», de Edmundo Valadés

Como apunta José Luis Martínez Morales: “He leído y oído en varias ocasiones que “La muerte tiene permiso” es un cuento clásico. Y yo añadiría que no sólo es uno de los mejores y de los más citados y antologados, sino de los más clásicos y ejemplares precisamente por su final tan sorprendente”. Se cumple al pie de la letra lo dicho por el propio autor con respecto al cierre de los grandes relatos: “Si me remito a las minificciones que más me han cautivado, sorprendido o deslumbrado, encuentro en ellas una persistencia: que contienen una historia vertiginosa que desemboca en un golpe sorpresivo de ingenio.”

Cuento breve recomendado: «Las panteras y el templo», de Abelardo Castillo

Abelardo Castillo, cuento, panteras
Escritor Abelardo Castillo. 

LAS PANTERAS Y EL TEMPLO

Abelardo Castillo

 
Y sin embargo sé que algún día tendré un descuido, tropezaré con un mueble o simplemente me temblará la mano y ella abrirá los ojos mirándome aterrada (creyendo acaso que aún sueña, que ese que está ahí junto a la cama, arrodillado y con el hacha en la mano, es un asesino de pesadilla), y entonces me reconocerá, quizá grite, y sé que ya no podré detenerme.

Todo fue diabólicamente extraño. Ocurrió mientras corregía aquella historia del hombre que una noche se acerca sigilosamente a la cama de su mujer dormida, con un hacha en alto (no sé por qué elegí un hacha: ésta aún no estaba allí, llamándome desde la pared con un grito negro, desafiándome a celebrar una vez más la monstruosa ceremonia). Imaginé, de pronto, que el hombre no mataba a la mujer. Se arrepiente, y no mata. El horror consistía, justamente, en eso: él guardará para siempre el secreto de aquel juego; ella dormirá toda su vida junto al hombre que esa noche estuvo a punto de deshacer, a golpes, su luminosa cabeza rubia (por qué rubia y luminosa, por qué no podía dejar de imaginarme el esplendor de su pelo sobre la almohada), y ese secreto intolerable sería la infinita venganza de aquel hombre. La historia, así resuelta, me pareció mucho más bella y perversa que la historia original.

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Cuento breve recomendado: «Chickamauga», de Ambrose Bierce

En una tarde soleada de otoño, un niño perdido en el campo, lejos de su rústica vivienda, entró en un bosque sin ser visto. Sentía la nueva felicidad de escapar a toda vigilancia, de andar y explorar a la ventura, porque su espíritu, en el cuerpo de sus antepasados, y durante miles y miles de años, estaba habituado a cumplir hazañas memorables en descubrimientos y conquistas: victorias en batallas cuyos momentos críticos significaran siglos y donde los campamentos de los vencedores eran ciudades de piedra labrada. Desde la cuna de su raza, ese espíritu había logrado abrirse camino a través de dos continentes y después, franqueando el ancho mar, había penetrado en un terreno en donde recibió como herencia la guerra y el poder.