Microrrelato de Leopoldo Lugones: La dicha de vivir

Poco antes de la oración del huerto, un hombre tristísimo que había ido a ver a Jesús conversaba con Felipe, mientras concluía de orar el Maestro.

–Yo soy el resucitado de Naim –dijo el hombre–. Antes de mi muerte, me regocijaba con el vino, holgaba con las mujeres, festejaba con mis amigos, prodigaba joyas y me recreaba en la música. Hijo único, la fortuna de mi madre viuda era mía tan solo. Ahora nada de eso puedo; mi vida es un páramo. ¿A qué debo atribuirlo?

Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: “Muchacha punk”, de Rodolfo Fogwill

Chica punk. Ilustración de Mary  Spence.
Fuente de la imagen

En 1999 la editorial Alfaguara hizo una encuesta entre escritores y críticos que tuvieron que elegir cuál era, en su opinión, el mejor cuento argentino del siglo XX. El cuento “Muchacha Punk”, de Rodolfo Fogwill, quedó en la decimosegunda posición. 

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Los mejores cuentos literarios de la Historia: “Semos malos”, de Salarrué

Cuento de Sarratué
Bandoleros. Fuente de la imagen
Miguel A. Zapata, autor de autor de los libros de cuentos Ternuras interrumpidas; fabulario casi naif (2003) y Esquina inferior del cuadro (Menoscuarto, 2011), y de los libros de microrrelatos Baúl de prodigios (2007) y Revelaciones y magias (2009), nos recomienda el cuento “Semos malos”, de Salarrué, porque

“Ningún buen amante del género breve debe dejar de leer un cuento como Semos malos, incluido en “Cuentos de barro”, del escritor salvadoreño Salvador Salazar Arrué (“Salarrué”), una auténtica maravilla sobre la dignidad de los desposeídos, compuesto con una finura y un aliento poético insuperables”.

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Cuento corto de Roberto Fontanarrosa: Viejo con árbol

cuento de fútbol

Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos.

Cuento breve recomendado: “La muerte tiene permiso”, de Edmundo Valadés

Como apunta José Luis Martínez Morales: “He leído y oído en varias ocasiones que “La muerte tiene permiso” es un cuento clásico. Y yo añadiría que no sólo es uno de los mejores y de los más citados y antologados, sino de los más clásicos y ejemplares precisamente por su final tan sorprendente”. Se cumple al pie de la letra lo dicho por el propio autor con respecto al cierre de los grandes relatos: “Si me remito a las minificciones que más me han cautivado, sorprendido o deslumbrado, encuentro en ellas una persistencia: que contienen una historia vertiginosa que desemboca en un golpe sorpresivo de ingenio.”

Cuento breve recomendado: “Las panteras y el templo”, de Abelardo Castillo

Abelardo Castillo, cuento, panteras
Escritor Abelardo Castillo. 

LAS PANTERAS Y EL TEMPLO

Abelardo Castillo

 
Y sin embargo sé que algún día tendré un descuido, tropezaré con un mueble o simplemente me temblará la mano y ella abrirá los ojos mirándome aterrada (creyendo acaso que aún sueña, que ese que está ahí junto a la cama, arrodillado y con el hacha en la mano, es un asesino de pesadilla), y entonces me reconocerá, quizá grite, y sé que ya no podré detenerme.

Todo fue diabólicamente extraño. Ocurrió mientras corregía aquella historia del hombre que una noche se acerca sigilosamente a la cama de su mujer dormida, con un hacha en alto (no sé por qué elegí un hacha: ésta aún no estaba allí, llamándome desde la pared con un grito negro, desafiándome a celebrar una vez más la monstruosa ceremonia). Imaginé, de pronto, que el hombre no mataba a la mujer. Se arrepiente, y no mata. El horror consistía, justamente, en eso: él guardará para siempre el secreto de aquel juego; ella dormirá toda su vida junto al hombre que esa noche estuvo a punto de deshacer, a golpes, su luminosa cabeza rubia (por qué rubia y luminosa, por qué no podía dejar de imaginarme el esplendor de su pelo sobre la almohada), y ese secreto intolerable sería la infinita venganza de aquel hombre. La historia, así resuelta, me pareció mucho más bella y perversa que la historia original.

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Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia (3): “Macario”, de Juan Rulfo”

Juan Rulfo
Escritor mexicano Juan Rulfo, autor del cuento “Macario”. Fuente de la imagen en Internet

En Así se escribe un cuento (Suma de Letras, 2003, página 237), José Donoso afirma que “Macario”, de Juan Rulfo*, es uno de sus cuentos preferidos. Transcribo el pasaje de la entrevista, realizada por Mempo Giardinelli, en el que José Donoso cita el cuento de Rulfo.

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Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: “Casa tomada”, de Julio Cortázar

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Escritor Julio Cortázar. Fuente de la imagen

 

El cuento “Casa tomada”, de Julio Cortázar, fue elogiado por José Donoso en la entrevista que le hizo Mempo Giardinelli para Así se escribe un cuento (Suma de Letras, 2003, página 237). “Casa tomada”apareció por primera vez en la revista Anales de Buenos Aires, publicada por Jore Luis Borges, y luego fue incluido en el libro Bestiario, en 1951.

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Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: “La casa inundada”, de Felisberto Hernández

De esos días siempre recuerdo las vueltas en un bote alrededor de una pequeña isla de plantas. Cada poco tiempo las cambiaban; pero allí las plantas no se llevaban bien. Yo remaba colocado detrás del cuerpo inmenso de la señora Margarita. Si ella miraba la isla un rato largo, era posible que me dijera algo; pero no lo que me había prometido; sólo hablaba de las plantas y parecía que quisiera esconder entre ellas otros pensamientos. Yo me cansaba de tener esperanzas y levantaba los remos como si fueran manos aburridas de contar siempre las mismas gotas. Pero ya sabía que, en otras vueltas del bote, volvería a descubrir, una vez más, que ese cansancio era una pequeña mentira confundida entre un poco de felicidad. Entonces me resignaba a esperar las palabras que me vendrían de aquel mundo, casi mudo, de espaldas a mí y deslizándose con el esfuerzo de mis manos doloridas.