Cuento de Antón Chéjov: El teléfono

Cuento de Chéjov, El teléfono

Operadora. ¿Puedo ayudarlo?”, dice una voz de mujer.

“Comuníqueme con el Hotel Slavyansky Bazaar”.

“Conectando”.

Después de tres minutos escucho un repique… Pego el auricular a mi oreja y oigo un sonido de un carácter todavía indeterminado; como el viento soplando, u hojas secas dispersándose por el piso… Alguien parece estar susurrando.

“¿Tiene habitaciones disponibles?”, le pregunto.

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Cuento de Leonid Andreiev: La nada

Ernesto Bustos Garrido ha elegido como otro de sus arranques (o inicios) literarios preferidos el que abre el cuento LA NADA, del escritor ruso Leonid Andreiev.

Damos la narración completa después de la introducción de Bustos Garrido, que justifica por qué el inicio del relato de Andreiev es uno de sus arranques preferidos.

Y al final ofrecemos un cuento popular latinoamericano: Pedro Urdamales engaña al Diablo.

LA NADA es un cuento breve de tintes tragicómicos. Recomiendo otra narración (larga) más realista sobre la muerte escrita por otro grande de la literatura rusa. Me refiero a La muerte de Ivan Ilich, de Tolstói.

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Un cuento corto de Vladimir Nabokov: Dioses

Esto es lo que veo ahora mismo en tus ojos: una noche lluviosa, una calle angosta, unas farolas que se pierden en la distancia. El agua se desliza vertiginosa por las laderas de los tejados empinados hasta los desagües. Debajo de la boca de serpiente de cada uno de los desagües hay un cubo con un aro verde. Las hileras de cubos bordean las paredes negras a ambos lados de la calle. Yo los observo mientras se van llenando de mercurio frío. El mercurio pluvial va creciendo hasta desbordarse. Las bombillas desnudas brillan en la distancia, sus rayos erizados en la lluviosa oscuridad. Los cubos ya se están desbordando.

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Cuento de Vladimir Nabokov: Una carta que nunca llegó a Rusia

Mi adorable, mi muy querida y lejana, me imagino que no habrás olvidado nada en los más de ocho años que dura ya nuestra separación, si es que aún consigues recordar a aquel guarda canoso con su librea azul que ni se molestaba siquiera en mirarnos cuando hacíamos novillos para encontrarnos en aquellas mañanas heladas de San Petersburgo, en el Museo Suvorov, tan polvoriento, tan pequeño, tan semejante a una suntuosa caja de rapé. ¡Con qué ardor nos besábamos a espaldas de aquel granadero engominado! Y más tarde, cuando por fin nos liberábamos de aquellas antigüedades polvorientas y salíamos a la luz, cómo nos deslumbraba el resplandor de plata del parque Tavricheski, y qué extraño resultaba oír los gruñidos alegres, ávidos, profundos de los soldados, que se lanzaban unánimes a las órdenes de su comandante, resbalando por el suelo helado, embistiendo con su bayoneta a un muñeco de paja con casco alemán en medio de una calle de San Petersburgo.

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Cuento de Vladimir Nabokov: Símbolos y signos

Cuento, Vladimir Nabokov, Símbolos y signos
Sanatorio. Fuente de la imagen

Cuento de Vladimir Nabokov: Símbolos y signos

Por cuarta vez en otros tantos años se enfrentaron con el problema: qué regalo de cumpleaños elegir para un joven que estaba incurablemente dañado de su mente. Deseos, no tenía ninguno. Para él los objetos hechos por el hombre eran colmenas del mal, vibrantes, con una actividad maligna que sólo él podía percibir, o groseros consuelos para una comodidad a la que él no podía encontrar uso en su mundo abstracto. Después de haber eliminado una serie de artículos que pudieran ofenderlo o asustarlo (cualquier aparato, por ejemplo, era un tabú), sus padres eligieron una delicada e inocente canasta con jaleas de frutas diferentes en diez pequeños tarros de colores.

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Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: “Los cantores rusos”, de Iván Turgueniev

Relatos de un cazador, de Iván Turgueniev

 

Pablo González Cuesta (Pablo Gonz), novelista y autor de minificciones, nos ha recomendado “Los cantores rusos”, de Iván Turgueniev, incluido en Relatos de un cazador.

LOS CANTORES RUSOS

(cuento)

IVAN TURGUENIEV

La aldehuela de Kolotova era, en otro tiempo, propiedad de una anciana, a quien le habían puesto el sobrenombre de “la Esquiladora”, debido a su carácter ávido y de empresa. Ahora pertenecía a un alemán de Petersburgo. Construida sobre un montículo, la atraviesa un horrible barranco que forma el medio de la calle. Las aguas de la primavera y del otoño se juntan en la concavidad del barranco y separan el caserío en dos partes próximas, pero muy diferentes. No se puede echar un puentecillo sobre tal especie de río, cuyo lecho de arcilla está encajado a gran profundidad.

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Cuento breve recomendado: “Mi mamá se fue a algún lado”, de Valentin Grigorievch Rasputin

Escritor ruso Valentin Rasputin (1937-)

“Hijo de campesinos, nace Valentín Rasputin en la aldea de Ust-Udá, distrito de Irkutsk, en 1937. Ha publicado cuatro novelas: “Vive y Recuerda”, “El Ultimo Plazo”, “El Dinero para María”, “El Adiós a Matiora” y dos decenas de cuentos. Rasputín forma parte de esa inesperada pléyade de escritores siberianos (Astáfiev, Abrámov, Bykov, etcétera) que ha causado asombro en las últimas décadas. No obstante, es difícil considerarlo ya “como el más destacado de los escritores siberianos”, etiqueta que él mismo ha rechazado alguna vez. Con su novela “El Adiós a Matiora” Rasputin ha traspuesto los límites de grupo y ha alcanzado un lugar destacado no sólo en la literatura rusa, sino en la literatura de nuestro tiempo. A diferencia de los escritores del grupo siberiano, Rasputin se preocupa más por describir las atmósferas que crean los hondos y contradictorios conflictos interiores de sus personajes que por la trama de las historias que cuenta. Profundo conocedor del alma humana es el más afortunado heredero de esa tradición que sale del “Capote” de Gógol y que continúa con Dostoyevski y con Chéjov”.

Fuente: Mil cuentos rusos

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Cuento breve recomendado: “La palabra”, de Vladimir Nabokov

Vladimir Nabokov. Fuente de la imagen
Muchas veces me preguntan quién me gusta y quién no, entre los novelistas, comprometidos o no, de mi siglo maravilloso. Primero, no aprecio al escritor que no ve las maravillas de este siglo, las pequeñas cosas, la ropa masculina informal, el cuarto de baño que substituye al lavabo inmundo. Las grandes cosas como la sublime libertad de pensamiento en nuestro doble occidente. ¡Y la luna! Recuerdo con qué escalofrío delicioso, envidia y angustia, miraba yo en la televisión los primeros pasos flotantes del hombre sobre el talco de nuestro satélite y cómo despreciaba a quienes decían que no valía la pena gastar tantos dólares para pisar el polvo de un mundo muerto. Detesto pues a los divulgadores comprometidos, a los escritores sin misterio, a los infelices que se alimentan con los elixires del charlatán vienés. Aquellos que aprecio saben que sólo el verbo es el valor real de la obra maestra. Principio tan viejo como verdadero, y eso no ocurre a menudo. No es preciso dar nombres, nos reconocemos por un lenguaje de signos, a través de los signos del lenguaje, o bien, al contrario, todo nos irrita en el estilo de un contemporáneo detestable, incluso sus puntos suspensivos.
V. N.

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