Cuento humorístico de Mark Twain: El periodismo en Tennessee

El médico me dijo que un clima sureño mejoraría mi salud, así que me fui a Tennessee y conseguí un puesto en el Morning Glory and Johnson Country Warwhoop como editor asociado.

Cuando me presenté a trabajar, encontré al editor en jefe sentado en una silla de tres patas, echado hacia atrás, con los pies sobre una mesa de pino. Había otra mesa de pino en el cuarto y otra silla maltrecha, y las dos estaban medio enterradas bajo periódicos y recortes y hojas manuscritas. Había una caja de madera con arena, salpicada de colillas de cigarros y bocados de tabaco mascado y una estufa con la puerta colgándole de la bisagra superior. El editor en jefe tenía una levita negra de faldones largos y pantalones de lino blanco. Sus botas eran pequeñas y bien lustradas. Llevaba una camisa arrugada, un gran anillo de sello, un cuello levantado pasado de moda y un pañuelo a cuadros con las puntas colgando. Podría fecharse el atuendo en 1848.

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El cuento del tío en una historia de humor de Jardiel Poncela

el cuento del tío
Enrique Jardiel Poncela

El cuento del tío es el nombre que se da en algunos países latinoamericanos (Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia) a cierto tipo de estafa que se basa en generar confianza en la víctima para que esta se relaje y baje la guardia.

Unas veces por inocentes y otras por codiciosas, algunas personas son vilmente engañadas. En ocasiones la estafa consiste en dar dinero a cambio de recibir objetos de presunto valor (un boleto de lotería, un reloj, un cheque) que realmente no valen nada. El cuento del tío sería algo similar a lo que en España conocemos como el tipo de la estampita o el trocomocho.

Ernesto Bustos Garrido nos presenta un cuento de humor de Enrique Jardiel Poncela. Su historia va precisamente sobre el cuento del tío, y es muy divertida, por la escena en sí y por las reflexiones humorísticas y algo cínicas del autor.

 

 

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‘La misoginia del bolero’, por Enrique Gallud Jardiel

boleros
Boleros. Fuente de la imagen

 

Las conclusiones a las que hemos llegado tras un estudio detenido de la letra de setecientos ochenta y cuatro boleros (que han llevado al equipo que ha elaborado esta investigación al borde de la meningitis cerebral) es que las mujeres son inferiores, ya no diremos al hombre, sino incluso a algunos cuadrúpedos pastantes.

No compartimos esta opinión y esperamos no ofender a las lectoras, que nos perdonarán por abordar este tema tan peliagudo y en extremo desagradable, pero la crítica textual de dichos boleros no deja lugar a otras interpretaciones.

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Cuento de Antón Chéjov: El gordo y el flaco

Antón Chéjov, cuento, Vanka
Escritor ruso Antón Chéjov

En una estación de ferrocarril de la línea Nikoláiev se encontraron dos amigos: uno, gordo; el otro, flaco.

El gordo, que acababa de comer en la estación, tenía los labios untados de mantequilla y le lucían como guindas maduras. Olía a Jere y a Fleure d’orange. El flaco acababa de bajar del tren e iba cargado de maletas, bultos y cajitas de cartón. Olía a jamón y a posos de café. Tras él asomaba una mujer delgaducha, de mentón alargado –su esposa–, y un colegial espigado que guiñaba un ojo –su hijo.

–¡Porfiri! –exclamó el gordo, al ver al flaco–. ¿Eres tú? ¡Mi querido amigo! ¡Cuánto tiempo sin verte!

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El humor macabro

humor macabro
Nine Ware Spared. Cuadro de Chris Mars.

Humor macabro

Los macabros chistes que Guillermo Zapata hizo hace años en Twitter sobre los judíos y sobre Irene Villa y Marta del Castillo le han obligado a dimitir como concejal de cultura de Madrid. Como no lo conozco, me ahorraré aventurar si tales mensajes despiadados suponen una falta de ortografía en el currículum de un ciudadano ejemplar o si, por el contrario, definen su personalidad y su modo de entender el mundo. Puede que sea un buen tipo o puede que sea mezquino y cruel, pero de lo que no tengo dudas es de su torpeza en el uso de las redes sociales y del humor negro que se gasta a costa de los desvalidos (los judíos masacrados por los nazis en las cámaras de gas, una víctima de ETA, una joven asesinada por su ex novio…). Desde luego, no era el mejor candidato para ostentar un puesto de responsabilidad política, ni siquiera en una esfera devaluada como es la de la cultura.

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Cuento de Francisco Rodríguez Criado: Ni Kafka ni Max Brod

A la vuelta de mi estancia en Brasil me contaron con todo detalle el asunto de mi amigo M., quien, sintiéndose víctima de un galopante cáncer de pulmón, le había entregado una pila de manuscritos inéditos al que entonces era su editor. A mi amigo, en su día un famoso escritor, le habían hospitalizado por segunda vez en dos semanas y eso, a su juicio, bien merecía una decisión trascendental.

–Si de veras me aprecias –le dijo solemnemente al editor al tiempo que una corpulenta enfermera entraba en la habitación para suministrarle la medicación–, hazme un favor: quema todos mis manuscritos. No valen nada y no me gustaría, una vez muerto, verlos publicados por algún familiar desaprensivo.

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La importancia de la coma

Un amigo me envía esta frase como ejemplo de doble significado dependiendo de la ubicación de la coma, y me recuerda las palabras que empleó Julio Cortázar para describirla: “La coma, esa puerta giratoria del pensamiento”.

Los chistes judíos de Abraham Enberg

 

Abrasha Rotenberg, fundador de numeros proyectos de prensa (los diarios argentinos Nueva Sión y La Opinión, etcétera), cofundador de la editorial Altalena, padre de la actriz Cecilia Roth y del cantante Ariel Roth, reeditó en 2005, en Hebraica Ediciones, su Chistes judíos que me contó mi padre, que firmó con seudónimo: Abraham Enberg. Tras ese título tan explícito ¿qué otra cosa podemos encontrar sino chistes sobre judíos? Aunque, como confiesa el autor en la contraportada, su padre jamás le contó un chiste…

He seleccionado tres de esos chistes por su chispa y brevedad. Espero que os hagan sonreír.

 

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