Microrrelato de Francisco Rodríguez Criado: Las muertes de Wilbor Wagner

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LAS MUERTES DE WILBOR WAGNER 

Francisco Rodríguez Criado

(microrrelato)

¿Qué pasaría si alguien llama a la puerta de tu casa y resulta que la persona que llama desde el exterior eres tú, que estás dentro?

Eso fue lo que le pasó a Wilbor Wagner una gélida noche de invierno de 1898, en Juneau, en el estado de Alaska. Estaba en bata en el cálido salón de su casa, sentado gozoso en la mecedora mientras afilaba sus cuchillos de caza, cuando sintió que alguien llamaba a la puerta. Al abrir, como se ha dicho ya, Wilbor descubrió que era él, el propio Wilbor, quien estaba en el umbral, tiritando, precariamente vestido, con restos de nieve sobre los hombros, los viejos zapatos y el gorro de piel. Su desconsolado abrigo presentaba tantos agujeros como un queso de Gruyere; era como si el fiero viento de los últimos días se lo hubiera comido a dentelladas. Seguramente uno de esos buscadores de oro, un fracasado, pensó Wilbor de Wilbor al tiempo que el segundo se frotaba las manos avejentadas por el frío en un intento de entrar en calor.

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La casquivana muerte

 

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Fallen Tree, de Benjamin Graindorge. Fuente de la imagen

LA CASQUIVANA MUERTE

Sobre la muerte se pueden decir muchas cosas y todas ellas negativas. Es cicatera, casquivana e injusta, y ataca cuando menos se la espera.  Tratar de sortear su abrazo envenenado es tan legítimo como –en ocasiones– inútil, porque es ella, y sola ella, quien elige el momento, el lugar y la víctima. Hay personas (y personajes, como el del microrrelato “El suicida”, de Enrique Anderson Imbert), que hacen todo lo posible por acabar con sus vidas… sin éxito.  Otros, sin embargo, ven cercenado el calendario de sus días de la manera más inesperada. Que se lo cuenten al buen hombre que falleció el pasado sábado en El Retiro mientras jugaba con sus dos hijos pequeños. Dicen que fue la rama de un árbol podrido la que causó su muerte, pero si vamos más allá de los hechos periodísticos el causante de este drama no fue la podredumbre de un árbol sino la de nuestras propias vidas, que echan raíces en arenas movedizas.

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