Cuento breve recomendado: «El tilo», de Luis Mateo Díez

Luis Mateo Díez, cuentos breves, El tilo
Luis Mateo Díez. Fuente de la imagen

EL TILO

Luis Mateo Díez (España, 1942)

Un hombre llamado Mortal vino a la aldea de Cimares y le dijo al primer niño que encontró: avisa al viejo más viejo de la aldea, dile que hay un forastero que necesita hablar urgentemente con él.

Corrió el niño a casa del Viejo Arcino que, como bien sabía todo el mundo en Cimares, tenía más edad que nadie.

Hay un forastero que le quiere hablar con mucha urgencia, dijo el niño al Viejo.

Las prisas del que las tiene suyas son, la edad que yo tengo me la gané viviendo con calma, si quiere esperar que espere.

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Cuento breve recomendado: «El mar», de Miguel Mihura

 

Miguel Mihura, cuento, el mar
Escritor Miguel Mihura

Miguel Mihura está considerado el más importante creador español del “teatro del absurdo” y de humor del siglo XX, como lo demuestra Tres sombreros de copa, que, aunque estrenada veinte años después de ser escrita, constituyó un sonado acontecimiento por las situaciones absurdas e ilógicas muy en la línea del mejor teatro surrealista europeo. A propósito de esta obra escribió Eugène Ionesco: “El estilo irracional puede desvelar, mucho mejor que el racionalismo formal o la dialéctica automática, las contradicciones del espíritu humano, la estupidez y el absurdo». El humor de Mihura había dado su mejores manifestaciones en las numerosas colaboraciones en revistas humorísticas como La Codorniz, después de la guerra, y de la que recordaba: “La Codorniz nació para tener una actitud sonriente ante la vida; para quitarle importancia a las cosas; para tomarle el pelo a la gente que veía la vida demasiado en serio, para acabar con los cascarrabias; para reírse del tópico y del lugar común; para inventar un mundo nuevo, irreal y fantástico y hacer que la gente olvidase el mundo incómodo y desagradable en que vivía. Para decir a nuestros lectores: No se preocupen ustedes de que el mundo esté hecho un asco. Una serie de tipos de mal humor lo han estropeado con sus críticas, con sus discursos, con sus violencias”.

En otra revista de antes de la guerra civil, Gutiérrez, un semanario humorístico adelantado e innovador en el absurdo y la parodia, publicó el cuento que he seleccionado, uno de los textos que mejor muestra el humor disparatado de su autor. Se trata de una historia escrita supuestamente “para niños” como ya lo indican la palabra “cuentecito” del subtítulo y el vocativo “niñitos mío” del comienzo. Toda la descripción de aquel pueblo sin mar, los pescadores, las tiendas, la playa, la montaña de pinos con la gente debajo comiendo tortilla…, manifiesta la ingenuidad infantil de una pintura naif y la historia que allí se desarrolla -la descabellada búsqueda del mar que no tienen- llega a las cotas más originales del humor del absurdo, basado en la asociación inverosímil o incoherente de elementos, en la exageración y la distorsión de la causalidad lógica,  pero sin perder nunca la candidez y el frescor de un mundo muy simple y tierno, tan caro a Mihura. 

Miguel Díez R.

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Relato de José Luis Ibáñez Salas: «Los años del wolframio»

Palacio de El Pardo
Uno de los salones de El Palacio de El Pardo. Fuente de la imagen

LOS AÑOS DEL WOLFRAMIO

José Luis Ibáñez Salas

 

A Raúl Guerra Garrido

 

El coche que me esperaba junto al portal de mi casa se acerca ya a las inmediaciones del palacio. Nos suben la barrera sin preguntar. El chófer y el militar que nos franquea el paso se saludan sin casi mirarse. Cada vez tengo más frío, pese a que una y otra vez compruebo que sí, que llevo los guantes, la bufanda y el abrigo nuevo. Hasta me he levantado ligeramente la camisa para ver que debajo está la camiseta gruesa que me compró ayer mi esposa. Empieza a llover, justo cuando el vehículo se detiene y por las escaleras baja otro militar con las manos blancas (serán sus guantes, espero) para abrir mi puerta. ¿Qué demonios pinto yo aquí? Demasiado tarde para preguntas. Desciendo del coche, cojo mi sombrero y, antes de calarlo en mi cabeza desasosegada, me despido del conductor agradeciéndole el trayecto. Camino firme, como si estuviera decidido a hacer lo que vengo a hacer. Es que lo estoy. Creo.

No impresiona el lugar, a mí al menos. O sí, porque me resulta lúgubre y desabrido, inadecuado y de una solemnidad ni antigua ni convincente, más bien aburrida, sin estilo. Igual que su principal inquilino, ahora que lo pienso. A quien, por cierto, caigo en la cuenta que no he visto en persona jamás. Aunque sí he podido escuchar su voz en varias ocasiones. Y él la mía, menos, eso sí, porque no me dejó hablar casi, pero la escuchó. Por lo menos la oyó.

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Cuento breve recomendado: «El puñal florentino», de Luis Mateo Díez

Luis Mateo Díez
Escritor español Luis Mateo Díez. Fuente de la imagen en Internet

La imaginación nos permite vivir lo que no vivimos en la realidad. De la imaginación, la palabra y la memoria provienen los mundos imaginarios de las ficciones literarias. Si al patrimonio de la humanidad le borráramos la producción imaginaria, lo mutilaríamos de forma atroz. Poder leer, por ejemplo, Madame Bovary de Flaubert o La Regenta de Clarin, es una experiencia insustituible, estética y humana. No hay archivo ni documentación que nos permita, no ya reconstruir una realidad del siglo XIX, sino llegar al interior de una mujer de aquel tiempo, poder conectar nuestra propia experiencia en la lejanía del tiempo, con la suya, llegar a sufrir y gozar, a palpitar con ella… Esas novelas, y tantas otras, nos lo posibilitan. Yo creo que, además, hay mucha simetría entre el acto de crear, de escribir, y el de leer, pues la ficción a través de la palabra es siempre creativa, y el que lee una novela está reconstruyendo el mundo que contiene, lo está haciendo suyo.

Luis Mateo Díez

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Cuento breve recomendado: «El niño al que se le murió el amigo»

Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre: “el amigo se murió. Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar”. El niño se sentó en el qui­cio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. “Él volverá”, pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hoja­lata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no vi­niese a buscarlos

Amar y medrar en tiempos revueltos

 

 

 

 

Juan Manuel de Prada
Me hallará la muerte, de Juan Manuel de Prada (Destino, 2012)

Esta reseña de Me hallará la muerte, la última novela de Juan Manuel de Prada (Destino, 2012), fue publicada por vez primera en la revista mexicana Ombligo.

AMAR Y MEDRAR EN TIEMPOS REVUELTOS

Francisco Rodríguez Criado

Juan Manuel de Prada ha cosechado tantos premios en su carrera literaria que puede concederse otro más sin la intervención de un jurado externo: escribir con templanza, sin premura, ajeno a los plazos exigentes con los que el mercado editorial acostumbra a acogotar a los autores de éxito.

Cinco años –no menos– es el tiempo que se necesita para elaborar lo mismo un vino de gran reserva que una novela de cierta extensión. Y extensa (casi 600 páginas) es la novela que Juan Manuel de Prada, tras ese descanso de cinco años, acaba de publicar en Destino: Me hallará la muerte.

La novela, articulada en tres calas, en tres momentos bien diferenciados, es un viaje físico y emocional en los tiempos revueltos del Madrid de posguerra, con parada en los agrestes campos de batalla rusos. La primera estampa, de ambientación barojiana, arranca en 1942, cuando el personaje clave de la narración, un delincuente de poca monta llamado Antonio Expósito –el apellido no es casual–, menudea por el Parque del Retiro en compañía de su compinche Carmen, socia de trapicheos y primer icono sexual del relato.

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Quevedo, un escritor irreverente

Quevedo fue un escritor brillante, excesivo e irreverente. Las anécdotas sobre su irreverencia -en su obra y en su vida- son numerosas. Vayamos con una de ellas.
Es bien sabido que en el Siglo de Oro (que nominalmente va desde 1519 a 1648), la salubridad brillaba por su ausencia en las calles de Madrid, considerada por algunos viajeros de la época una de las más hediondas del planeta. La situación distaba de ser ideal: no había servicio de recogida de basura, ni retretes públicos ni alcantarillado. Así las cosas, era habitual que las aguas sucias se arrojaran por los vecinos a la vía pública. De ahí la famosa frase «¡Agua va!».

Entrevista a Paloma González Rubio

Entrevista a Paloma González Ruibo

F.R.C.: ¿Qué escritores consideras que más te han influido como escritora y como persona?
P.G.R.: Creo que como escritora, hasta ahora, me he sentido más afín a la literatura centroeuropea. Me he inclinado más en estos últimos años por el estilo reflexivo y el tono un poco apremiante de escritores como Bernhard, Handke… Hay otros autores a los que sigo y admiro muchísimo, ¡ojalá me influyeran! Lo que sucede es que leer a autores que te gustan no significa que te “contagies” de sus virtudes. Leo y releo con frecuencia a McEwan, Yates, Cheever, Alice Munro, Wallace Stegner, Salinger, Michon, Nooteboom… Y entre los españoles a Vila-Matas, Cristina Fernández Cubas, José Ovejero, Emilio Gavilanes, Jon Bilbao, Millás… De cada uno me fascina algo distinto. Ahora bien, como escritora, en este momento, creo que me forman más las lecturas de quienes, además de autores a los que admiro y leo, son también amigos y, por eso mismo, me dan acceso a respuestas y a un conocimiento y una reflexión que me ayudan a ser más exigente, más autocrítica… Lógicamente, al ser amigos, la relación con ellos sí es significativa a nivel personal.
En cuanto a mi experiencia personal más demoledora con un libro, la experimenté con La edad de hierro, de Coetzee. Fue un libro que operó cambios profundos en mí.