Cuento breve recomendado: «La hija del guardagujas», de Vicente Huidobro

La casita del guardagujas está junto a la línea férrea, al pie de una montaña tan empinada que sólo algunos árboles especiales pueden escalonar a gatas, aferrándose con sus raíces afiladas, agarrándose a los terrones hasta llegar a la cumbre.

La casita de madera desvencijada a causa del estremecimiento constante y los fragores. La casita pequeña en un terraplén de veinte metros junto a tres líneas.

Microrrelato de Eduardo Galeano: El pájaro carpintero

Orlando Goicoechea reconoce las maderas por el olor, de qué árboles vienen, qué edad tienen, y oliéndolas sabe si fueron cortadas a tiempo o a destiempo y les adivina los posibles contratiempos.

El es carpintero desde que hacía sus propios juguetes en la azotea de su casa del barrio de Cayo Hueso. Nunca tuvo máquinas ni ayudantes. A mano hace todo lo que hace, y de su mano nacen los mejores muebles de La Habana: mesas para comer celebrando, camas y sillas que te da pena levantarte, armarios donde a la ropa le gusta quedarse.

“Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia “Las moscas”, de Horacio Quiroga”

Escritor Horacio Quiroga
Horacio Quiroga, en 1900.

Edelweis Serra, en su ensayo Tipología del cuento literario (Cupsa Editorial 1978), cita el cuento «Las moscas», de Horacio Quiroga, como buen ejemplo de manifestación de extrañamiento por locura.

El uruguayo Horacio Quiroga (1878-1937) es uno de los padres del cuento latinoamericano, que él enfocó desde un prisma modernista. Sus cuentos, como su vida, estuvieron marcados por la tragedia. Quiroga, enfermo de cáncer de próstata, se suicidó con cianuro en 1937.

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Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: “Carta a una señorita de París”, de Julio Cortázar

 

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Escritor Julio Cortázar. Fuente de la imagen

En su ensayo Cartas a un joven novelista, Mario Vargas Llosa cita a Julio Cortázar -un habitual en esta sección de los 1001 mejores cuentos literarios de la Historia– como ejemplo de escritor que emplea el recurso de las mudas de realidad en algunos de sus cuentos. Doy a continuación uno de esos cuentos, «Carta a una señorita de París», tras el fragmento introductorio de Vargas Llosa.

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Cuento de Julio Cortázar: Final de juego

 

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Escritor Julio Cortázar. Fuente de la imagen

Lo que cuento empezó vaya a saber cuándo, pero las cosas cambiaron el día en que el primer papelito cayó del tren. Por supuesto que las actitudes y las estatuas no eran para nosotras mismas, porque nos hubiéramos cansado en seguida. El juego marcaba que la elegida debía colocarse al pie del talud, saliendo de la sombra de los sauces, y esperar el tren de las dos y ocho que venía del Tigre. A esa altura de Palermo los trenes pasan bastante rápido, y no nos daba vergüenza hacer la estatua o la actitud. Casi no veíamos a la gente de las ventanillas, pero con el tiempo llegamos a tener práctica y sabíamos que algunos pasajeros esperaban vernos. Un señor de pelo blanco y anteojos de carey sacaba la cabeza por la ventanilla y saludaba a la estatua o la actitud con el pañuelo. Los chicos que volvían del colegio sentados en los estribos gritaban cosas al pasar, pero algunos se quedaban serios mirándonos.

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Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: “Casa tomada”, de Julio Cortázar

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Escritor Julio Cortázar. Fuente de la imagen

 

El cuento “Casa tomada”, de Julio Cortázar, fue elogiado por José Donoso en la entrevista que le hizo Mempo Giardinelli para Así se escribe un cuento (Suma de Letras, 2003, página 237). «Casa tomada»apareció por primera vez en la revista Anales de Buenos Aires, publicada por Jore Luis Borges, y luego fue incluido en el libro Bestiario, en 1951.

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Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: «La casa inundada», de Felisberto Hernández

De esos días siempre recuerdo las vueltas en un bote alrededor de una pequeña isla de plantas. Cada poco tiempo las cambiaban; pero allí las plantas no se llevaban bien. Yo remaba colocado detrás del cuerpo inmenso de la señora Margarita. Si ella miraba la isla un rato largo, era posible que me dijera algo; pero no lo que me había prometido; sólo hablaba de las plantas y parecía que quisiera esconder entre ellas otros pensamientos. Yo me cansaba de tener esperanzas y levantaba los remos como si fueran manos aburridas de contar siempre las mismas gotas. Pero ya sabía que, en otras vueltas del bote, volvería a descubrir, una vez más, que ese cansancio era una pequeña mentira confundida entre un poco de felicidad. Entonces me resignaba a esperar las palabras que me vendrían de aquel mundo, casi mudo, de espaldas a mí y deslizándose con el esfuerzo de mis manos doloridas.

Cuento breve recomendado: «El ahogado más hermoso del mundo», de García Márquez

“El ahogado más hermoso del mundo irrumpirá en la cotidianeidad del pueblo, romperá el orden fáctico establecido, producirá el asombro y la recuperación de la conciencia individual y colectiva, y después de destapar el auténtico problema de un pueblo enfermo de soledad, desaparecerá. Y es cuando el ahogado desaparece cuando realmente se produce el desvelamiento del verdadero eje de la acción. El final nos desvelará que no es la historia de Esteban, el ahogado más hermoso del mundo lo que don Gabriel escribió, sino que bajo esta aparente historia sencilla subyace la narración principal, es decir, el redescubrimiento de sí mismo del pueblo y su revitalización y unión posterior”.

Gemma María Santiago Alonso

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Cuento breve recomendado: «Otro», de Luisa Valenzuela

Ella va caminando por el parque, su pelo al viento, cuando aparece el otro surgido de la nada. Un muchachito con idénticos pantalones negros y la cara totalmente pintada de blanco, una máscara sobre la cual de manera inexplicable se sobreimprime la máscara de ella: sus mismas cejas elevadas, sus ojos azorados. Ella sonríe con timidez y él le devuelve exactamente la misma sonrisa en un juego de espejos. Ella mueve la mano derecha y él mueve la izquierda, ella da un paso amplio y él da el mismo paso, el mismo modo de andar, los idénticos gestos, las cadencias.

Cuento breve recomendado: «El tapiz del virrey», de Pedro Gómez Valderrama

Cuando el virrey subió a su coche con la virreina, para dirigirse al baile en casa del marqués, el criado mulato se quedó escondido en un rincón del patio, hasta que cesaron todos los ruidos del palacio. Sacó entonces una inmensa llave, y abrió la puerta del salón central. Encendió una antorcha y se situó ante el gran tapiz que adornaba el fondo del salón, y que representaba una hermosa escena de bacantes y caballeros desnudos.