Cuento de Francisco Rojas González: La parábola del joven tuerto

Cuento de Francisco Rojas González: La parábola del joven tuerto

Cuento de Francisco Rojas González: La parábola del joven tuerto

…“Y vivió feliz largos años.” Tantos, como aquéllos en que la gente no puso reparos en su falla. Él mismo no había concedido mayor importancia a la oscuridad que le arrebataba media visión. Desde pequeñuelo se advirtió el defecto; pero con filosófica resignación habíase dicho: “Teniendo uno bueno, el otro resultaba un lujo.” Y fue así como se impuso el deber de no molestarse a sí mismo, al grado de que llegó a suponer que todos veían con la propia misericordia su tacha; porque “teniendo uno bueno…”

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Cuento de Isaí Moreno: 22:22

Cuento de Isaí Moreno
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Cuento de Isaí Moreno: 22:22

Qué mejor que el mundo no se entere de las nimias tragedias que, al final del día, aquejaron en cadena a Jesús Salvatierra. Cataclismos sin importancia, si viene al caso, aunque nada triviales para él, que magnifica lo microscópico. En mi haber de conocidos, Salvatierra sobresale por dominar el arte de ahogarse en un vaso sin agua. Su llamada me extrañó porque lo suponía pegado a la TV mirando el show de pago por evento que transmite la llegada del meteorito a la atmósfera terrestre. Hace más de un año la gente se rio de las predicciones de nuestros ancestros, diseminó burlas y pitorreos en las redes sociales hasta que la NASA reveló toda la mierda de información que ocultaba, desparpajada y confusa, al grado que se escindieron las opiniones de los eruditos. Un bando de optimistas afirma que el astro sólo rozará la atmósfera, obsequiándonos una suerte de aurora boreal inofensiva y espectacular. El grupo de los pesimistas se divide en dos: 1) Los ‘moderados’, inclinados por la postura de que el cuerpo caerá en altamar, elevando tsunamis que anegarán las costas del Pacífico, dejando apenas dos millones de muertos. 2) El segmento ‘radical’, cuya creencia supone al bólido cayendo en tierra a la altura de Utah, EE. UU., con secuelas inenarrables para la Humanidad. Kaputt! Ya les tocó a los dinosaurios del jurásico, ahora a nosotros. Eso sí, qué bendición que empiece con los mormones, dije a Salvatierra, quien no disfrutó de la ironía y se dejó ahogar por el pánico de los científicos paranoicos, no sin acumular compras copiosas, también de pavor, para refugiarse con Melina en un rústico bunker bajo su departamento. Conozco la esperanza de ambos de que los estragos no sean tan notorios en el DF, hecho por demás risible. Tan luego descolgué el auricular, escuché la voz chillona de mi amigo, hablando apresurada y con atropello. Está bien, lo detuve, entiendo lo estresado que te encuentras, no es para menos. Se apresuró a decir que no era por eso, es decir, sí, por el final de los tiempos también, pero que su preocupación se debía a otra cosa, igualmente delicada. Calma entonces, acoté. A ver, dímelo más despacio. Su voz se sosegó un poco y me comunicó un incidente que acababa de ocurrirle. De nueva cuenta, poca claridad brotó de sus labios, y no es que la retórica le escasease, pero sus palabras se enredaron consigo mismas, como trenzadas en una disputa perruna de la que se levanta inmensa polvareda. Del discurso pude colegir que su conflicto se refería a un bicho descubierto bajo la regadera. Para ser precisos, fue su novia quien hizo el hallazgo tras la puerta plegable de la ducha. Melina es adepta de la Luz del Mundo y quería estar atildada —léase pulcra, interprétese purificada— para el Rapto, por lo que decidió darse un buen baño. Ahí vio a la criatura, destacando entre el blancor de los mosaicos, hecho que de inmediato comunicó a Salvatierra. Éste había decidido beber un vaso de leche, dijo, o así lo deduzco, pues hambre no sintió durante el día, sino sed, por eso del estrés referido. Se disponía a encender la TV, ansioso de mirar el aerolito y oír alguna indicación útil para salvar el cataclismo, cuando Melina se le acercó, tomó su hombro y dijo, como sintiendo culpabilidad: Amor, creo que esto no te va a gustar, pero hay un alacrán en el piso de la regadera. De inmediato, me confesó Jesús Salvatierra, corrió insecticida en mano donde el suceso, con Melina pisándole los talones. Lanzó una nebulización del cilindro antiplagas, rico en elementos químicos alacranicidas. La alimaña se movió en dirección de Jesús, quien reaccionó lanzando un gemido prolongado, agudo, que bien hubiese podido proferir una niña, no el hombre de treinta y ocho años que conozco. Se sentía, dijo desde su auricular, avergonzado de por vida ante su novia. Presto sintió avanzar el anquilosamiento por los tejidos musculares. ¡Parálisis! Era natural en su persona debido a la aracnofobia adquirida en su niñez, cuando el veneno de un alacrán circuló por las venas de Pody, su french poodle, costándole la vida. Que el arácnido avanzase un poco hacia él, inmune al parecer al rocío asesino, le hizo pensar que la suya sería una variedad imposible de clasificar para los biólogos. Creyó distinguir en éste un par de antenas diminutas —como las de las cucarachas, agregó—, producto de vaya a saberse qué accidentes de la selección natural de las especies. Eso no importa. Aquí sólo incumbe que Salvatierra volvió a gritar como una pequeña de seis años, y antes de retroceder para ser presa de la inmovilidad absoluta, logró balbucir a Melina que no, que eso no podía permitirse, por el bien de ambos. Amor, dijo ella moviendo las trenzas de su cabello, imagino que entornando los ojazos cafés y arrugado la nariz respingona, sólo quiero que lo saques al jardín. Y Salvatierra casi se infarta, valiéndole un comino que el destino de la Humanidad estaba, está en una situación altamente crítica. Se expresó a gritos entrecortados que esa abominación no debía continuar ahí. No. No debe quedar vivo. Ni puede. Quien sabe de dónde salió para invadirnos, o cómo entró aquí, pero no puedo permitir que quede vivo. ¡Debe morir!, sentenció. Luego rogó a su amada: ¡Ayúdame, corazón, porque yo no puedo! ¡Encárgate tú! Al llegar a este punto en la narración telefónica de su cataclismo personal se le fue la voz, al parecer moqueó y se quedó callado un instante, de tal suerte que pude echar un ojo al televisor. Por alguna razón aparecieron las conejitas de Playboy bailando en el Yankee Stadium. ¿Recepción del día del Juicio?, tal vez, pero las imágenes pasaron a una transmisión en la que los primeros ministros de Corea del Norte y Corea del Sur mantenían un acercamiento. Entendí que de sobrevivir el mundo las dos Coreas se unificarían. Y Salvatierra volvió a su narración desconsolada, diciéndome que una vez hecha su petición a Melina, ella interpeló en favor de la criatura abyecta algo así como Pero quiere vivir, Chucho, ¿no ves que quiere vivir? Jesús insistió en lo abominable del animal, en sus antenas menudas explorando al frente, de modo avieso. Logró salir del baño. Una vez en la sala se entregó por completo a esa comunión con la inmovilidad, no sin antes cerrar la puerta. En la pantalla de la TV distinguí al vicepresidente de los EE. UU. dirigiendo un mensaje al mundo, despidiéndose quizá, mas lo que hubiese sido resultó inaudible para mí ante la voz angustiada de Salvatierra, en referencia a cómo, mientras él yacía paralizado, Melina habló al bicho. Ven chiquito, ven… Conozco a Melina desde hace años y puedo hacer constar ante notario su apego a la naturaleza y defensa a ultranza de los derechos animales, formando parte de al menos un par de asociaciones. Es de las que recogen en la calle a un perro desamparado y lo llevan a casa, por más sarnoso que se encuentre. Mi amigo balbuceó que tras un intervalo de silencio, en que no supo cómo procedería su hermosa chica dentro, y pese a la parálisis, le fue posible mover los pies para dirigirse al sofá y desplomarse. Luego escuchó el sonido del inodoro vaciándose. A los pocos segundos, o minutos, Melina asomó por la puerta y dijo que ya todo estaba bien y no debía preocuparse más. Lo miró con ternura antes de darse el regaderazo deseado. Esa fue la cuestión por la que Jesús me llamó hace minutos, mientras el chorro benefactor bañaba el cuerpo de su novia. Subrayó su preocupación porque la presencia del arácnido, evolucionado o involucionado, hubiera sido algún tipo de heraldo y su muerte empeorase los acontecimientos venideros.

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Microrrelato de Alberto Chimal: 01100

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01100

Alberto Chimal

(microrrelato)

En los cabarets de la ciudad de los robots, los clientes beben aceite enriquecido, se conectan a redes eléctricas de voltajes exóticos y escuchan a los músicos y cantantes. Hay desde androides con formación operística hasta arañas rupestres que tocan cuatro guitarras a la vez. Y los repertorios también son muy variados: piezas de Kraftwerk y otros clásicos se alternan con las de cantautores actuales.

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Cuento de Eraclio Zepeda: Don Chico que vuela

 

Eraclio Zepeda
Escritor mexicano Eraclio Zepeda. Fuente de la imagen

DON CHICO QUE VUELA

Eraclio Zepeda

(cuento)

Te paras al borde del abismo y ves al pueblo vecino, enfrente, en el cerro que se empina ante tus ojos, subiendo entre nubes bajas y neblinas altas: adivinas los ires y venires de su gente, sus oficios, sus destinos. Sabes que en línea recta está muy cerca. Si caminaras al aire, en un puente de hamaca, suspendido entre los cerros, podrías llegar como el pensamiento, en un instante.

Y sin embargo el camino real, el camino verdadero, te desploma hasta los pies del cerro, bajando por vericuetos difíciles, entre barrancas y cascadas, entre piedras y caídas, hasta llegar al fondo de la quebrada donde corre espumeando el gran caudal del río que debes cruzar a fuerza, para iniciar el asenso metro tras metro. Muchas horas después llegas cansado, lleno de sudor y lodo y volteas la cabeza para ver tu propio pueblo a distancia, como antes viste la plaza en la que estás ahora.

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El dios de Darwin, el dios de la ciencia

Sabina Berman, El dios de Darwin
El dios de Darwin, de Sabina Berman (Destino, 2014)

EL DIOS DE DARWIN, EL DIOS DE LA CIENCIA

Francisco Rodríguez Criado

¿Por qué el naturalista Charles Darwin, el Gran Ateo, está enterrado en la Abadía de Westminster, detrás del altar principal? ¿Era realmente ateo o por el contrario creía en Dios pese a las revelaciones científicas expuestas en su famoso estudio El origen de las especies, el libro que más daño ha hecho a los postulados de las religiones? ¿Qué papel interpretó tras su muerte su secretaria, miss Hope, y qué relación tenía esta con la reina Victoria?

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Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: “El recado”, de Elena Poniatowska

Vine, Martín, y no estás. Me he sentado en el peldaño de tu casa, recargada en tu puerta y pienso que en algún lugar de la ciudad, por una onda que cruza el aire, debes intuir que aquí estoy. Es este tu pedacito de jardín; tu mimosa se inclina hacia afuera y los niños al pasar le arranzan las ramas más accesibles… En la tierra, sembradas alrededor del muro, muy rectilíneas y serias veo unas flores que tienen hojas como espadas. Son azul marino, parecen soldados. Son muy graves, muy honestas. Tú también eres un soldado. Marchas por la vida, uno, dos, uno, dos…