El inevitable hombre blanco | Relato corto de Jack London

el inevitable hombre blanco, cuento de Jack London

—Mientras el negro sea negro y el blanco sea blanco, ni el blanco entenderá al negro, ni el negro al blanco.

Así hablaba el capitán Woodward. Nos hallábamos en Apia, sentados en el salón de la taberna de Charley Roberts y bebiendo Abú Hameds preparados por el susodicho tabernero que decía haber heredado la receta directamente de Steevens, el Steevens famoso por haber inventado esa bebida en los días en que le espoleaba la sed del Nilo, autor de Con Kitchener a Jartum y muerto en el asedio de Ladysmith.

Tanta agua tan cerca de casa | Relato de Raymond Carver

Tanta agua cerca del río, relato corto de Carver

Ernesto Bustos Garrido nos recomienda este conocido relato corto del escritor norteamericano Raymond Carver (1938-1988): “Tanta agua tan cerca de casa”, en el que narra la relación de un matrimonio tras la aparición de una chica desnuda, que ha sido asesinada en el río en el que pescan su marido y sus amigos.

Después del cuento podéis leer unas reflexiones de Ernesto sobre dicho cuento que pueden serviros para ampliar o confrontar la impresión que habéis sacado de él.

Un canario como regalo (gran relato breve de Hemingway)

un canario como regalo, Hemingway, cuento

El tren pasó rápidamente junto a una larga casa de piedra roja con jardín, y, en él, cuatro gruesas palmeras, a la sombra de cada una de las cuales había una mesa. Al otro lado estaba el mar. El tren penetró en una hendidura cavada en la roca rojiza y la arcilla, y el mar sólo podía verse entonces interrumpidamente y muy abajo, contra las rocas.

–Lo compré en Palermo –dijo la dama norteamericana–. Sólo estuvimos en tierra una hora. Era un domingo por la mañana. El hombre quería que le pagara en dólares y le di un dólar y medio. En realidad canta admirablemente.

Cómo contar una auténtica historia de guerra (relato de Tim O’Brien)

Cómo contar una verdadera historia de guerra, Tim O Brian

Ya hemos leído algunos cuentos de Tim O’Brien en Narrativa Breve, léase “El hombre a quien maté” o “Medias”. Hoy os ofrecemos otra de sus historias cortas, “Cómo contar una auténtica historia de guerra”. La cosa comienza cuando un soldado le envía una carta emotiva a la hermana de su compañero, que ha caído en el frente, y no obtiene respuesta… Esto le da pie a O’Brien para disertar sobre el arte de contar una historia, sobre la vida y sobre la guerra…

David Foster Wallace. Viajar para absolutamente nada

David Foster Wallace

La agudeza con la que diferencia lo que es un anuncio de lo que es un ensayo y con la que explica por qué un anuncio publicitario nunca puede ser arte merece mucho la pena (“por esta razón incluso un anuncio realmente bonito, ingenioso y convincente nunca puede ser arte: un anuncio no tiene estatus de regalo, es decir, nunca es para la persona a la que se dirige”), como resultan muy aclaradoras de la personalidad, no sólo literaria, de David Foster Wallace sus diatribas respecto de la sonrisa profesional y su doble manera de verla, contradictoria, ¿como él mismo lo es? Odiarla cuando te la ofrecen, la sonrisa profesional, y echarla de menos cuando te la niegan.

Cuento corto de Herman Melville: El vendedor de pararrayos

cuento corto de Herman Melville

Hoy os ofrezco un cuento corto de Herman Melville con un título de por sí impactante: “El vendedor de pararrayos”. La historia narra, en forma de diálogo y con pretensión alegórica, el episodio de un caballero que está en su casa, resguardado de una tormenta de rayos. Inesperadamente, llega otro personaje masculino que pronto se revela como vendedor de pararrayos.

El relato de Melville supone una escena casi teatral, con destellos de humor satírico y de cuento de misterio, que nos plantea un debate mucho más profundo de lo que parece a simple vista. Lo que los dos personajes plantean no es una reflexión sobre los rayos –o sobre los pararrayos– sino algo más conceptual: el bien, el mal, la pulsión por creencias atizadas por el miedo…

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Los mejores 1001 cuentos: Un buen bistec, de Jack London

cuento de boxeo de Jack London

Jorge Ávila, autor de la novela Tambores de Pareja, publicada en 2015, y de Conversaciones antes del despertador (De la Luna Libros, 2017), nos ha recomendado un cuento de Jack London: Un buen bistec.

No es este un relato gastronómico, sino de boxeo. El lector asiste a la contienda desde el punto de vista de uno de los púgiles, un hombre de cuarenta años que conserva la técnica con la que ganó muchos combates años atrás, si bien debilitado por el hambre, la falta de esperanzas y la penuria económica. Enfrente tiene a un boxeador a quien le acompaña la juventud, pero sin la suficiente experiencia.

«Un buen bistec» es una obra maestra, sin duda uno de los mejores cuentos que he leído jamás, que trasciende el mundo del boxeo y nos ofrece una estampa realista, cruda e incontestable del fin de la juventud y los sueños de grandeza. La recomendación de Jorge Ávila no podría haber sido más acertada.

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Relato corto de Edgar Allan Poe: Cuento de Jerusalén

El relato corto “A Tale of Jerusalem”, de Edgar Allan Poe , fue publicado por primera vez en 1832. Julio Cortázar  lo tradujo al castellano en 1953. No fue Cortázar un traductor casual de la obra de Edgar Allan Poe, un profesional al que una editorial encarga un trabajo más. Muy al contrario, Cortázar era un entusiasta del genio estadounidense desde su infancia. La tarea de traducir a Poe, que le llevó nueve meses, la realizó durante unas vacaciones en Italia. Una forma de compaginar placer y trabajo, podría decirse.

Cortázar comenzó a leer a Edgar Allan Poe siendo niño, a los nueve años, en una traducción de Blanco Belmonte. Cortázar recuerda aquella época como algo fascinante y terrible a la vez, pues la lectura de aquellas historias de misterio y terror le provocó terrores nocturnos que no superó hasta bien entrada la adolescencia.

Os dejo uno de los cuentos de Poe, traducido, cómo no, por Cortázar: Cuento de Jerusalén.

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Cuento de Jack London: Descrédito

«El cuento ocupa un eje motor esencial (al menos en sentido bautismal: germen o fuente de desencadenamiento) de la gran narrativa estadounidense de este siglo, incluidas sus variantes más baratas y populares, como la llamada literatura pulp, desde la que (basta un nombre para zanjar la cuestión) escritores como Dashiell Hammett alcanzaron exquisiteces, prodigios de refinamiento, en lo relativo a la, muy compleja y enigmática, alquimia de la formalización del relato corto. Hay quien hace retroceder este rasgo medular de la narrativa norteamericana del siglo XX hasta las estrechuras fundacionales del siglo anterior, y en concreto hasta el humo de la pipa de opio de Washington Irving y los vapores de la garrafa de ginebra de Edgar Allan Poe. Lo cierto es que hay, disperso en decenas y decenas de volúmenes, un vasto esfuerzo biográfico y analítico que conviene en considerar el relato corto inundado de alcohol como la materia formalmente distintiva, la bandera o el estandarte de la identidad literaria de la escritura de un país (de Ambrose Bierce a Jack London, Ring Lardner, Capote, O´Henry y Raymond Carver, entre otros) y un tiempo donde Fitzgerald y Hemingway, que apenas se parecían entre sí ni como literatos ni como personas, ejercieron, de manera efímera pero intensa, una especie de función nacional totémica, identificadora de multitudes».

Ángel Fernández-Santos, El País.

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Cuento corto de Stephen Crane: El fallo del sabio

Cuento de Stephen Crane,

Un pordiosero se arrastraba entre lamentos por las calles de una ciudad. Un hombre se acercó, le ofreció un poco de pan y dijo:

—Te doy esta hogaza debido a las palabras de Dios.

Otro se acercó, le ofreció un poco de pan y dijo:

—Toma esta hogaza; te la doy porque estás hambriento.

Los habitantes de aquella ciudad competían por ver quién era el hombre más piadoso, y el caso de los regalos al pordiosero suscitó una disputa. La gente se apiñaba y discutía con fervor. Finalmente, recurrieron al pordiosero, pero este hizo una humilde reverencia al suelo, impropia de alguien de su clase, y respondió:

—Lo más curioso es que las hogazas de pan eran del mismo tamaño. ¿Cómo puedo decidir yo cuál de los dos hombres me dio su pan de forma más misericordiosa?

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