Cuento breve recomendado: “Una noche de verano”, de Ambrose Bierce

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Bierce, uno de los clásicos del terror junto con Poe, Lovecraft y Maupassant, fue elogiado precisamente por Lovecraft en su ensayo El horror sobrenatural en la literatura. Su espíritu cáustico y el humor macabro y satírico lo indujeron a delinear su peculiar humor negro que aún hoy sigue conmocionando. Su pesimismo respecto de las relaciones de hombres y mujeres no podría haber encontrado un género más apropiado que el de sus cuentos, sin embargo también ejerció el periodismo y desarrolló otros temas , como la critica vehemente a la corrupción política de su país.

La vida y muerte de Bierce lo convierte en un personaje signado por lo macabro. Fue el décimo hijo de un granjero de Ohio sin fortuna, apático, extravagante pero sí aferrado a la fe calvinista, al más fanático puritanismo y la lectura bíblica mientras su madre era la fuerza dominante que llevaba adelante la casa. No es difícil imaginar el clima de prejuicios y represiones y el autoritarismo asfixiante  que debieron soportar  Ambrose  y sus hermanos. El escritor pudo volcar en muchas de sus obras el odio visceral inmenso hacia toda su familia, del que sólo se libró uno de sus hermanos, pero todos los hijos de la familia se marcharon, se fugaron y sus vidas difíciles fueron las mochilas pesadas que les quedaron de aquellos años de sus vidas.

Su muerte, al igual que su vida,  su hogar paterno, nos hace creer en un destino por donde “el diablo” no andaba muy lejos. En octubre de 1913 partió de Washington D.C. para recorrer los antiguos campos de batalla de la Guerra Civil. Luego pasó a México y en Ciudad Juárez se unió a ejército de Pancho Villa como observador, llegando hasta Chichuahua donde su rastro se desvanece. Fue una de las más famosas desapariciones de la historia de la literatura.

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Cuento breve recomendado: “La nave blanca”, de Howard Phillip Lovecraft

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Howard Phillip Lovecraft. Fuente de la imagen

LA NAVE BLANCA

Howard Phillip Lovecraft

Soy Basil Elton, guardián del faro de Punta Norte, que mi padre y mi abuelo cuidaron antes que yo. Lejos de la costa, la torre gris del faro se alza sobre rocas hundidas y cubiertas de limo que emergen al bajar la marea y se vuelven invisibles cuando sube. Por delante de ese faro, pasan desde hace un siglo las naves majestuosas de los siete mares. En los tiempos de mi abuelo eran muchas; en los de mi padre, no tantas; hoy, son tan pocas que a veces me siento extrañamente solo, como si fuese el último hombre de nuestro planeta.

De lejanas costas venían aquellas embarcaciones de blanco velamen, de lejanas costas de Oriente, donde brillan cálidos soles y perduran dulces fragancias en extraños jardines y alegres templos. Los viejos capitanes del mar visitaban a menudo a mi abuelo y le hablaban de estas cosas, que él contaba a su vez a mi padre, y mi padre a mí, en las largas noches de otoño, cuando el viento del este aullaba misterioso. Luego, leí más cosas de estas, y de otras muchas, en libros que me regalaron los hombres cuando aún era niño y me entusiasmaba lo prodigioso.

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