Cuento breve recomendado: “Adiós”, de Luciano G. Egido

Luciano G. Egido. Foto de Luis Sinde. Fuente de la imagen

“A partir de los temas característicos de las películas y narraciones del Far West —la violencia, el honor, la muerte, la huida, el sexo o la soledad—, Luciano G. Egido teje en Cuentos del lejano oeste un entramado literario que experimenta con distintas técnicas narrativas. Mediante un progresivo desarrollo de las ficciones clásicas, integra los cuentos tradicionales a las nuevas formas de los micro-relatos, en un crescendo de complejidad que va desde un cuento de dos palabras hasta una narración de quince páginas”.

ADIÓS
(cuento)
Luciano G. Egido (España, 1928)
 
La única verdad es la literatura.
Fernando Pessoa
Estaba condenado a muerte y los médicos le echaban de seis meses a un año de vida. Como es sabido el cáncer no perdona y ya era tarde para todo. Él ya se había hecho a la idea y había empezado a despedirse del mundo con una extraña resignación suicida. Hacía mucho tiempo que se había separado de su mujer y los hijos se habían desentendido de lo que le ocurriera. Sus amigos estaban muertos o vivían lejos y no quería darles el espectáculo de su agonía ni el golpe bajo de la crecida de sus remordimientos. Le hubiera gustado visitar por última vez algunos paisajes, que le habían congraciado con la naturaleza, y algunas ciudades donde había sido particularmente feliz, con toda la vida por delante para recordarlas.

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Cuento breve recomendado: “Amor a tres bandas”, de Luciano G. Egido

 

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Luciano G. Egido. Fuente de la imagen
“Mi niñez fue la nieve. Siempre nevaba sobre Salamanca y el frío acartonaba las orejas, ablandaba la nariz y trepanaba las rodillas, hasta el tuétano del hueso. El primer recuerdo que asentó mi memoria era una ciudad blanca, ensabanada y helada, traspasada por un viento gélido que enloquecía las veletas de las espadañas de las muchas iglesias, de las torres y palacios que erizaban el horizonte urbano y trastornaban mi cabeza. Mi madre me arropaba con amor y con mantas y coberteras, junto a un brasero débil que apenas llegaba a calentar las pantorrillas, insuficiente para vencer el aire congelado que se metía por las rendijas traicioneras de las ventanas y las puertas mal ajustadas. Los tejados destilaban los carámbanos, como cuchillos afilados, que agredían el paisaje de árboles sumisos y tejados unánimes, bajo la blancura de la nieve inmaculada. Siempre nevaba sobre nuestra pobreza de pan duro y leña escasa, administrada con usura por mi madre, que, para dormirme y hacerme olvidar el frío inhumano de la cama, me contaba la historia de mi abuelo, como si fuera un héroe de antiguas leyendas, invencible, alto como la catedral, fuerte como un tronco de caballos y loco como el Tormes, cuando se salía de madre. Era al mismo tiempo un príncipe dorado, un ogro hirsuto y un caballero andante, incansable y generoso, imprevisible y audaz”.
Luciano G. Egido, La piel del tiempo

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