Cuento de Margarita Schultz: El cuchillo

Cuento, Margarita Schultz. El cuchillo
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Cuento de Margarita Schultz: El cuchillo

Se trata de la increíble historia de un carpintero de 50 años
que quedó atrapado por el fuego
en el paraje El Turbio.
Con el cuchillo, le hizo señas a un piloto chileno que volaba sobre el lugar y fue rescatado.
Un milagro en medio de la desgracia. (Fuente: Diario San Rafael)

Estaba clavando el último tablón del refugio cuando comenzó a oler el humo. No era el conocido olor del carbón con el cual, más abajo y cerca de la ruta, los otros carpinteros preparaban sus asados de mediodía. Este olor a humo era diferente, olía a madera fresca. Recorrió con la mirada las cumbres boscosas en todas direcciones y entonces la vio, a espaldas del refugio que estaba construyendo.

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Poema de Margarita Schultz: Los crujidos del glaciar

Poema de Margarita Schultz: Los crujidos del glaciar

El sol asomaba lentamente por entre brumas y cumbres
sol helado en la mañana abierta
aire cortante.
En el mar del fin del mundo, cadencioso y pesado,
el agua gris se iba poniendo esmeraldina.
Solemne se mostraba el glaciar blanco azuloso,
magno por sobre nuestras cabezas.
Concavidades y convexidades habían sido talladas
por los vientos, las lluvias y las temperaturas crecientes.
Allí estaba el glaciar gigante
reteniendo el agua milenaria cada vez con menos fuerza.
Resonaban sus vísceras
crujían y sonaban sus huesos como mil puertas en suspenso.
Algo había en el aire
un anuncio, un indicio de catástrofe…

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Cuento de Margarita Schultz: Días de agua

Cuento, Margarita Schultz, Días de agua
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Cuento de Margarita Schultz: Días de agua

 

La mujer sentía quemante en su palma derecha el castigo que había dado a su hija esa mañana. Arrebujada en su manta, alimentaba su vigilia en el catre de lona donde dormía cada noche junto a la mesa y el brasero. No sólo la palma le quemaba por ese bofetón, también le ardía el recuerdo de la mirada de su hija, una mirada hecha de incomprensión y de comprensión a la vez.

Los días ‘de agua’ salían cada una con dos latas colgadas de ambos extremos, en sendas varas de sauce. Debían recorrer casi seis kilómetros en medio de la tierra reseca, tratando de mantenerse en la huella, calzadas con unas suelas de cubierta de caucho que habían encontrado a los lados de la ruta, después de mucho buscar, amarradas con tiento de panza de liebre.

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