Los monjes de la lectura

Muchos intentan hacerle un hueco durante las vacaciones a esos libros que se antojan imposibles de frecuentar el resto del año. Los libros-regalo, abandonados en una balda durante meses, esperan su momento en verano para enardecer la imaginación de los lectores. “Gracias, lo leeré en la playa en las vacaciones de agosto”, parecen decir ciertas personas cuando le regalas una novela ¡a mediados de enero! Me parece, sin embargo, que por regla general son las vacaciones el periodo que peor casa con el hábito de leer. Es cierto que uno está liberado del compromiso laboral, pero si antes era el trabajo el enemigo de la lectura ahora son la familia y el ocio más activo quienes imponen su autoridad. Leer es otra forma de ocio, claro, pero ¿quién se atreve a renunciar a una jornada de parapente, un paseo en bicicleta o un partido de pádel para defender ese fortín de intimidad y silencio en el que pasar las horas leyendo –pongamos– un ensayo sobre el neocapitalismo o una novela sobre el gulag?