El azar en la obra de Paul Auster

“Un año después de la ruptura de mi primer matrimonio, me mudé a un apartamento en Brooklyn. Fue a comienzos de 1980 y yo estaba trabajando en El libro de la memoria (…) Un día, un par de meses después de mudarme, sonó el teléfono y del otro lado de la línea alguien me preguntó si hablaba con la agencia Pinkerton. Le dije que no, que se había equivocado y colgué el auricular.

Cuento de Miguel Bravo Vadillo: Punto y final

microrrelato, Miguel Bravo Vadillo
Paul AUSTER y su Olympia SM9, según Sam Messer. Fuente de la imagen

Cuento de Miguel Bravo Vadillo: Punto y final

Estoy escribiendo un cuento. La frase anterior es la primera, y esta es la segunda. Estoy escribiendo un cuento. No, a decir verdad, el cuento ya está escrito; de lo contrario no estaría en sus manos, querido lector, y usted no deslizaría su mirada por estas primeras líneas. Y, sin embargo, ahora mismo estoy escribiendo este cuento, mis dedos se desplazan con celeridad por el teclado. Haciendo un pequeño esfuerzo, ambos podríamos creer en la falacia de que lee estas líneas al mismo tiempo que las escribo; tal y como yo mismo hago, que escribo a la par que leo lo que escribo. Escribo estas palabras y leo “escribo estas palabras, y leo escribo estas palabras…”. Pero no nos perdamos en un bucle absurdo. Este no es de ese tipo de cuentos. Además, tal cosa no es posible. No pierda el tiempo tratando de imaginar un imposible, porque su ahora y mi ahora no son el mismo ni podrían serlo de ninguna manera. Tan ingenuo es creer que usted puede leer este cuento mientras yo lo escribo, como creer que yo podría escribirlo mientras usted lo lee. Lo que trato de decirle antes de acabar este párrafo, aunque quizá con excesivos rodeos, es que cuando usted empiece a leerlo, no sólo el cuento estará acabado desde hace mucho tiempo, también yo habré llegado al final de mi existencia. Ahora, no obstante, sólo ha llegado el momento de hacer un punto y aparte.

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Ponga un negro literario en su vida

Ponga un negro literario a su vida

El negro literario dista mucho de ser algo exclusivamente moderno: en el siglo XIX estos mercenarios de la pluma (en el mejor sentido de la palabra) ya hacían sus pinitos, escribiendo novelas que luego eran editadas con la firma de otro autor (por lo general, más conocido que ellos). Pero tal vez sea una novedad su “normalización” en el mundo editorial. Tanto que, como nos cuenta Alfredo Álamo, hay empresas que ofrecen abiertamente (y oscuramente, añadiría yo: por adverbios de modo que no quede…) servicios de “negros literarios”. El siguiente paso en esta normalización es que el autor vaya acompañado de su negro literario en las presentaciones del libro al uso para que este último explique cómo pergeñó el libro mientras el primero tomaba el sol en la playa…

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