“La sensatez”, por Quim Monzó

Cada vez que la mujer juiciosa se acuesta con alguien le cuenta al novio que lo ha hecho no por un ataque circunstancial de lubricidad, sino porque se ha enamorado. No es que tenga que sentirse culpable (al respecto, la mujer y su novio tienen un pacto de lo más claro y elástico), pero si cuando se acuesta con alguien remarca que lo hace enamorada, es como si se sintiese más limpia.

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Quim Monzó, cuento
Quim Monzó. Fuente de la imagen

 

Como ha dicho Ana Mª Pérez Cañamares, Quim Monzó es un creador en el sentido más estricto de la palabra, porque, para él, el lenguaje es un material maleable con el que, sin ninguna solemnidad, juega, explora y provoca. Como un hábil maestro de las capas profundas de la lengua y de los más escondidos estratos significativos, también juega con el lector, que, a veces, se encuentra leyendo con una leve sonrisa de connivencia sin darse cuenta de que lo que tiene entre sus manos -como sucede con “redacción-, es una bomba de relojería que explota en el último momento, cuando al fin tiene conciencia del desajuste entre la realidad narrada y el lenguaje narrativo.

El profesor ha puesto como tarea a sus alumnos una redacción que responda al título “Qué hice el domingo”. En ese marco textual y comunicativo, perfectamente reconocible, el receptor del texto habría de ser únicamente el maestro que ha pedido a sus alumnos este deber escolar para realizarlo en casa y entregarlo el lunes al llegar a clase. Y, sin embargo, el lector del cuento de Monzó es quien se convierte en narratario accidental de un texto aparentemente ingenuo, escrito por el autor catalán como un divertimento de imitación de la manera de contar simple y totalmente inocente propia de un escolar. Pero, poco a poco, al darse cuenta de la carga de profundidad subyacente, el desprevenido lector traspasa la situación comunicativa inicial y elabora su propia interpretación. En definitiva, todo el cuento contrapone la visión que el niño tiene de la realidad y la del lector adulto que va entendiendo los sucesos narrados de manera muy distinta a como lo hace el inocente narrador de la redacción.

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Cuento breve recomendado: “El cuento”, de Quim Monzó

En la escritura no debe haber juegos gratuitos. Es necesaria una exigencia en la elaboración de las palabras, en el detalle, en la tensión narrativa. La precisión es muy importante en el cuento. Montanelli decía que una novela son ochenta líneas de texto y tres metros cúbicos de aire. Yo quito esos tres metros cúbicos de aire que representan las digresiones, que dan pistas falsas y responden a las ganas de lucimiento del escritor. El escritor lo que debe hacer es explicar la historia y ya está. En el cuento si haces trampa se nota mucho.

Los finales de los relatos son especialmente importantes. Mientras que en las novelas no hace falta un final rotundo, en el relato los cabos sueltos deben estar atados porque si no, no es un cuento, es una narración. El cuento está a un paso del poema; hay que cerrarlo bien todo. Otra cosa es que al hacerlo consigas un efecto sorpresa en el lector. Pero esto es algo que no sabes mientras escribes y que te hace disfrutar cuando llegas al final y descubres que has conseguido ese quiebro, esa sorpresa.

Quim Monzó

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