Cuento breve recomendado: “Buena acción”, de Roland Topor

El anciano señor Scrouge daba vueltas en la cama. Al ritmo de sus movimientos, las imágenes surgían ante ojos abiertos. Pasaba revista, una tras otra, a todas las personas con las que se había relacionado a lo largo de su existencia, sin haber conseguido nunca hacerse un sólo amigo. Volvía a ver los rostros de las mujeres con las que nunca quiso mantener una relación íntima, por miedo a perder su precioso y pequeño confort. Recordaba al mendigo al que había rehusado un pedazo de pan, al ciego, perdido en el centro de la calzada, al que deliberadamente había fingido no ver. Ahogó un sollozo.

El quimérico Polanski

Polanski, el quimérico Polanski
“El quimérico inquilino” (Roman Polanski, 1976). Fuente de la imagen en Internet

EL QUIMÉRICO POLANSKI

Francisco Rodríguez Criado

En la historia del cine es raro encontrar un cineasta, ya sea actor, director o productor, que mantenga un alto nivel de calidad en cada una de sus películas, circunstancia que se agrava, como es lógico, en carreras cinematográficas de largo recorrido. Dando por válido el contenido de esta introducción, sigue sorprendiendo la excesiva asimetría que hay entre unas películas y otras aun llevando el mismo sello de autor. Esta situación llama la atención sobre todo cuando el espectador, como me ha ocurrido recientemente, ve lo mejor y lo peor de dicho cineasta en apenas veinticuatro horas de diferencia.

Pero pongamos nombres y apellidos: Roman Polanski. Después de deleitarme por segunda vez con la que es su mejor obra, El pianista (2000), ver casi a continuación El quimérico inquilino (1976) ha supuesto una pequeña decepción.

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