Historia de un ladrón de bicicletas y dos limpiabotas

Vaya por delante mi falta de originalidad si, de entre sus películas, me decanto por Ladrón de bicicletas (1948), un clásico de innegable encanto que retrata dos angustiosos días en la vida de un modesto padre de familia con acuciantes problemas para costear las necesidades básicas de su mujer y su pequeño hijo. Rodada en 1945, no en escenarios cinematográficos sino en las devastadas calles italianas, la película ofrecía una segunda novedad: la inmensa mayoría de los actores no eran profesionales, sino personas de carne y hueso que interpretaban engorrosos papeles tanto en la vida real como en el cine.

HISTORIA DE UN LADRÓN DE BICICLETAS Y DOS LIMPIABOTAS

Francisco Rodríguez Criado

Hubo una etapa de mi vida, la adolescencia, en la que me propuse ver cuantas películas de neorrealismo italiano cayeran en mis manos. Estoy hablando de unos años en los que la televisión de este sufrido país aún tenía el atrevimiento de emitir películas de calidad, y entre estas se colaba de vez en cuando alguna de ese grupo de directores que habían centrado su interés en retratar las penurias de la sociedad italiana de la Segunda Guerra Mundial y de su posguerra. (Una segunda opción, más cara pero a la vez más efectiva, era alquilar esas películas en los videoclubs, hoy día en vías de extinción). Así fue como me aficioné al cine de Vittorio de Sica.

Han pasado más de dos décadas y por necesidades del guión ya no soy aquel imberbe, pero mi sintonía con el cineasta italiano apenas se resiente.

Vaya por delante mi falta de originalidad si, de entre sus películas, me decanto por Ladrón de bicicletas (1948), un clásico de innegable encanto que retrata dos angustiosos días en la vida de un modesto padre de familia con acuciantes problemas para costear las necesidades básicas de su mujer y su pequeño hijo. Rodada en 1945, no en escenarios cinematográficos sino en las devastadas calles italianas, la película ofrecía una segunda novedad: la inmensa mayoría de los actores no eran profesionales, sino personas de carne y hueso que interpretaban engorrosos papeles tanto en la vida real como en el cine. Esa circunstancia, y el contexto histórico, permiten que la vehemente necesidad de poseer una sencilla bicicleta de paseo, tan querida por los niños, adquiera un carácter terriblemente adulto en la película.

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