Un cuento corto de Vladimir Nabokov: Dioses

Esto es lo que veo ahora mismo en tus ojos: una noche lluviosa, una calle angosta, unas farolas que se pierden en la distancia. El agua se desliza vertiginosa por las laderas de los tejados empinados hasta los desagües. Debajo de la boca de serpiente de cada uno de los desagües hay un cubo con un aro verde. Las hileras de cubos bordean las paredes negras a ambos lados de la calle. Yo los observo mientras se van llenando de mercurio frío. El mercurio pluvial va creciendo hasta desbordarse. Las bombillas desnudas brillan en la distancia, sus rayos erizados en la lluviosa oscuridad. Los cubos ya se están desbordando.

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Cuento de Vladimir Nabokov: Una carta que nunca llegó a Rusia

Mi adorable, mi muy querida y lejana, me imagino que no habrás olvidado nada en los más de ocho años que dura ya nuestra separación, si es que aún consigues recordar a aquel guarda canoso con su librea azul que ni se molestaba siquiera en mirarnos cuando hacíamos novillos para encontrarnos en aquellas mañanas heladas de San Petersburgo, en el Museo Suvorov, tan polvoriento, tan pequeño, tan semejante a una suntuosa caja de rapé. ¡Con qué ardor nos besábamos a espaldas de aquel granadero engominado! Y más tarde, cuando por fin nos liberábamos de aquellas antigüedades polvorientas y salíamos a la luz, cómo nos deslumbraba el resplandor de plata del parque Tavricheski, y qué extraño resultaba oír los gruñidos alegres, ávidos, profundos de los soldados, que se lanzaban unánimes a las órdenes de su comandante, resbalando por el suelo helado, embistiendo con su bayoneta a un muñeco de paja con casco alemán en medio de una calle de San Petersburgo.

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Cuento de Vladimir Nabokov: Símbolos y signos

Cuento, Vladimir Nabokov, Símbolos y signos
Sanatorio. Fuente de la imagen

Cuento de Vladimir Nabokov: Símbolos y signos

Por cuarta vez en otros tantos años se enfrentaron con el problema: qué regalo de cumpleaños elegir para un joven que estaba incurablemente dañado de su mente. Deseos, no tenía ninguno. Para él los objetos hechos por el hombre eran colmenas del mal, vibrantes, con una actividad maligna que sólo él podía percibir, o groseros consuelos para una comodidad a la que él no podía encontrar uso en su mundo abstracto. Después de haber eliminado una serie de artículos que pudieran ofenderlo o asustarlo (cualquier aparato, por ejemplo, era un tabú), sus padres eligieron una delicada e inocente canasta con jaleas de frutas diferentes en diez pequeños tarros de colores.

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Cuento breve recomendado: “La palabra”, de Vladimir Nabokov

Vladimir Nabokov. Fuente de la imagen
Muchas veces me preguntan quién me gusta y quién no, entre los novelistas, comprometidos o no, de mi siglo maravilloso. Primero, no aprecio al escritor que no ve las maravillas de este siglo, las pequeñas cosas, la ropa masculina informal, el cuarto de baño que substituye al lavabo inmundo. Las grandes cosas como la sublime libertad de pensamiento en nuestro doble occidente. ¡Y la luna! Recuerdo con qué escalofrío delicioso, envidia y angustia, miraba yo en la televisión los primeros pasos flotantes del hombre sobre el talco de nuestro satélite y cómo despreciaba a quienes decían que no valía la pena gastar tantos dólares para pisar el polvo de un mundo muerto. Detesto pues a los divulgadores comprometidos, a los escritores sin misterio, a los infelices que se alimentan con los elixires del charlatán vienés. Aquellos que aprecio saben que sólo el verbo es el valor real de la obra maestra. Principio tan viejo como verdadero, y eso no ocurre a menudo. No es preciso dar nombres, nos reconocemos por un lenguaje de signos, a través de los signos del lenguaje, o bien, al contrario, todo nos irrita en el estilo de un contemporáneo detestable, incluso sus puntos suspensivos.
V. N.

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Escribir novelas de lolitas después de Nabokov

ESCRIBIR NOVELAS DE LOLITAS DESPUÉS DE NABOKOV

Francisco Rodríguez Criado

Parafraseando al atribulado Theodor Adorno, que se preguntaba si se puede escribir poesía después de Auschwitz, me pregunto si se puede escribir una novela de lolitas después de Nabokov. Pues se puede, respondo yo mismo. Guillermo Martínez (Bahía Blanca, Argentina, 1962) lo ha hecho –sin la ambición del ruso, todo hay que decirlo– en Yo también tuve una novia bisexual (2012), recién publicada en España por Destino.

Una puntualización: la citada novela no es exactamente una novela de lolitas sino más bien una novela con lolita. El matiz entre cursivas es importante, porque, pese su importancia en la trama, la historia no está focalizada en la chica joven, atractiva y seductora (triplete de adjetivos que puede destruir a un hombre), sino en la figura del adulto que cae en esa red de encantos femeninos: un profesor argentino que se ha mudado al sur de Estados Unidos para impartir un curso de literatura en castellano.

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