Molekine, mucho más que agendas y libretas

Moleskine, mucho más que agendas y libretas

Lo que mucha gente no es sabe es que Moleskine es mucho más que libretas y agendas. De hecho, tiene un catálogo muy variado que abarca desde los cuadernos y las agendas ya citados a las carteras, pasando por bolígrafos, linternas, bolsos, carteras, portalápices, lámparas de lecturas, fundas para ordenadores portátiles, etc.

Además de la página de Moleskine, voy publicando cada poco tiempo artículos sobre artículos concretos que posiblemente interesen a quienes son amantes de la lectura y la escritura. El último de los textos que he publicado es un cuaderno para registrar las impresiones sobre libros.

Shakespeare en el ojo del huracán

 

“LA CRÍTICA LITERARIA. QUIEN TIENE BOCA SE EQUIVOCA”. Así tituló Constantino Bértolo el prólogo de El ojo crítico (Sinedie, 1989), que es, según puede leerse en la contraportada, un “sabroso librillo que reúne críticas demoledoras a autores y obras que más tarde triunfarían sobre sus detractores”.

A continuación podéis leer algunas de las lindezas dedicadas a William Shakespeare recogidas por El ojo crítico. No tienen desperdicio estas críticas, por no llamarlas pedradas… El “pique” del irlandés George Bernard Shaw con el inglés Shakespeare es más notable.

 

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El Diario Down: Cita con el doctor

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El diario Down, cita con el doctor
Francisco “Chico”. Fotografía: Francisco Rodríguez Criado

El Diario Down: Cita con el doctor

Francisco Rodríguez Criado

Comprenderá, doctor, que no es plan. O tengo frío o tengo calor. Sudo mucho, me duelen los músculos y me aflige un cansancio terrible. Me paso todo el día estornudando y tosiendo, y la medicación no hace el menor efecto. Así llevo dos semanas. Dos semanas en las que no me hubiera levantado de la cama si las circunstancias hubieran sido favorables. Pero ¿cuándo son favorables las circunstancias? Nunca. Dígame usted un caso. No lo recuerda, ¿verdad? Pues eso. Como para quedarse uno en cama y curarse de la enfermedad, eso es cosa de aristócratas o de ricos. Si un rico está enfermo, pues se queda en cama y no va a ese día a jugar al golf ni visita a su amante, pero yo… Yo me he convertido en un enfermo crónico. Todo iba relativamente bien hasta que una mañana mi mujer me despertó y me dijo con una voz falsamente tranquila: “Vístete, que he roto aguas”. Somnoliento, fuera de contexto, escuché pasivamente ese pie de diálogo austero, a lo Hemingway. Yo no dije nada, me vestí… y no he vuelto a desvestirme. Ya ve, han pasado nueve meses y aquí sigo, crónicamente vestido con el mono de faena. El niño nació con el síndrome de Down y desde entonces su padre merodea los andurriales de la vida abrazado a las farolas, por no caerme y por recibir algo de luz, como los borrachos, aunque le confieso que yo no tomo una gota de alcohol, nunca la probé, o casi nunca, soy así de raro. Un escritor que no fuma, no bebe y no anda con mujeres malas, como se suele decir. Sí, soy escritor, o lo era. O por decirlo con propiedad: yo estaba destinado a ser escritor, un gran escritor, hasta que mi mujer me pidió aquella mañana que me vistiera… Desde entonces me paso la vida entre médicos (endocrinos, cardiólogos, fisioterapeutas, ginecólogos, pediatras, rehabilitadores…). Unos para mi mujer, otros para el niño y últimamente para mí también. Ese niño que ahora tiene nueve meses es un amor, ese niño al que operaron de una cardiopatía congénita el día que cumplió cinco meses. Y desde entonces, desde hace nueve meses, digo, estoy enfermo. Me fui cansado a las vacaciones, regresé cansado y sigo cansado. Cansado y enfermo. No sería nada grave si no fuera porque tengo que fingir que reboso salud. Así que he de levantarme cada mañana, vestirme (“Vístete, que he roto aguas”), llevar a mi mujer al trabajo, llevar al niño a clases en la Fundación Down, llevar a los perros de paseo (tres veces al día como mínimo, haga frío o calor, diluvie o nieve). Soy un esclavo del verbo “llevar”, soy un llevador profesional, y así, claro, no puede uno escribir una obra maestra ni ponerse malo. Bueno, ponerse malo sí se puede, lo que no puede es curarse. Verá, doctor, lo que realmente me gustaría es irme a casa de mi madre para que me cuide, que me cuide como cuando era un niño y tenía unas décimas de fiebre y entonces yo no me levantaba de la cama en un par de días, porque no tenía perros, ni mujer ni hijos, ni facturas que pagar, solo tenía fiebre, esa fiebre adorable que no mata y te convierte en el destinatario de miles de besos y abrazos. Eso quisiera yo, irme con mi mamá, o mejor aún: regresar al útero materno, esa sauna donde se está tan calentito, donde no hay que llevar a nadie a ninguna parte, donde no hay tareas pendientes, ni agendas que seguir, ni coches que conducir, ni pecados que purgar. El útero materno es el paraíso y todo lo que está fuera es el infierno. ¿No cree usted, doctor?

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“Shakespeare ayuda a Borges”, por Manuel Pastrana Lozano

Una vez le preguntaron a Jorge Luis Borges por qué despreciaba tanto al fútbol siendo un deporte tan popular. Claro –respondió el escritor-, porque la estupidez es una cosa popular. Y luego confesó que sólo una vez en su vida había ido a un estadio, junto a un amigo uruguayo –jugaban Argentina y Uruguay-, y que apenas comenzó el partido conversaron de literatura o de otras cosas

¿Quién escribió realmente las obras firmadas por William Shakespeare?

William Shakespeare
William Shakespeare
William Shakespeare. Fuente de la imagen
 Con motivos fundados o sin ellos, la figura de William Shakespeare (1564-1616) lleva bastante tiempo generando controversia. Al parecer no hay la suficiente información sobre su persona, y esa laguna ha permitido que las especulaciones levantaran el vuelo hasta el punto de que algunos han llegado a afirmar que Shakespeare no es realmente el autor de todas las obras que llevan su firma. Este es precisamente el tema que aborda María Carvajal en este nuevo capítulo de sus curiosidades literarias. No te pierdas esta breve radiografía de algunas claves de la polémica.

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